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Confesar en nombre del Santo Padre

Publicado 2009/02/01
Autor : Redacción

Fray Isidoro Liberale Gatti es un franciscano con­ventual que integra desde hace ocho años el Cole­gio de los Penitenciarios Apostólicos de la Basílica de San Pedro, en el Vaticano.

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Confesar en nombre del Santo Padre

 
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“Algunos penitentes que se confiesan con un Penitenciario Apostólico tienen la impresión de hacerlo con el propio Papa”

Heraldos del Evangelio: ¿Qué es la Penitenciaría Apostólica?

Fray Isidoro Gatti: Es un tribu­nal apostólico que tiene com­petencia en el fuero interno, o sea, sobre todo lo que di­ga respecto a la conciencia de los fieles, ya sea para la abso­lución de ciertos pecados re­servados a la Santa Sede como para dispensas que también se reservan a ella. La Penitencia­ría Apostólica se ocupa ade­más de la concesión de indul­gencias. Por ejemplo, hace po­co fue concedida una indul­gencia especial para el Año de la Eucaristía. El responsable de la Penitenciaría Apostólica es un cardenal, llamado Peni­tenciario Mayor y nombrado por el Papa. Nosotros, los con­fesores, somos “penitenciarios menores”.

HE: ¿Por qué el título de “penitenciarios apostólicos”?

Fray Isidoro: El nombre pe­nitenciario deriva del ministe­rio que se nos confía, de administrar el Sacramento de la Peniten­cia o Reconciliación (también llama­do Confesión), o sea, con sabiduría y caridad acogedora hacer que las al­mas pecadoras se encuentren con la misericordia de Dios y con su Pala­bra. El Sacramento de la Peni­tencia está destinado a borrar los pecados personales come­tidos después del Bautismo, ante todo los mortales y tam­bién los veniales.

Son penitenciarios “apos­tólicos” porque los designa el Papa y están al servicio directo de la Santa Sede. Pueden aten­der confesiones en cualquier parte del mundo.

HE: ¿Cómo llega un sacerdote a ser penitenciario apostólico?

Fray Isidoro: A los sacer­dotes penitenciarios los elige el Superior General de su res­pectiva orden religiosa entre los miembros que poseen cier­ta experiencia en atender con­fesiones en iglesias importan­tes, y que poseen una doctrina moral y canónica adecuada por lo menos al comportamiento humano en los casos comunes, unida a la prudencia pasto­ral y a la humildad.

El Superior General presenta el candidato a la Penitenciaría Apostóli­ca, la cual lo somete a un examen de teología moral y de derecho frente a una comisión compuesta por el Cardenal, el Regente, un teólogo y un canonis­ta. Una vez aprobado, el nuevo penitenciario hace un juramento en las ma­nos del Cardenal Peniten­ciario, de confesar siem­pre según la doctrina del magisterio ordinario y ex­traordinario de la Iglesia.

Cada penitenciario de­be conocer al menos dos lenguas. En la Basílica de San Pedro se confiesa en italiano, francés, alemán, español, portugués, inglés, húngaro, maltés, croata, esloveno, ruso, pola­co, ucranio, ¡y hasta en chino!

HE: ¿Qué es el “Colegio de los Penitenciarios”?

Fray Isidoro: El “Colegio” es un grupo de penitenciarios menores en­cargados de las confesiones en una de las cuatro basílicas patriarcales ro­manas, y que viven en comunidad ba­jo la dirección de un superior o rec­tor. Entre 1568 y 1569, el Papa san Pío V estableció tres colegios: el Co­legio Vaticano, para la Basílica de San Pedro, confiado a los jesuitas; el Colegio Lateranense para la Basílica de San Juan, confiado a los francisca­nos (Frailes Menores); y el Colegio Liberiano para la de Santa María la Mayor, confiado a los dominicos. El Papa Clemente XIV, por el Breve Mi­serator Dominus del 10 de agosto de 1774, colocó en San Pedro, en el lu­gar de los jesuitas, a los franciscanos conventuales. En 1933 el Papa Pío XI instituyó el Colegio Ostiense, para San Pablo Extramuros, confiándolo a los benedictinos.

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“Los penitenciarios apostólicos son nominados por el Papa y están al servicio directo de la Santa Sede”

HE: Usted habló de “pecados reservados”. ¿De qué se trata?

Fray Isidoro: Se trata de algunos pecados gravísimos que, infelizmen­te, ofenden gravemente a Dios y a la Iglesia. Por ejemplo, el que profana la Eucaristía llevando hostias consa­gradas para arrojarlas en lugares in­mundos, o para usarlas en actos sa­crílegos como la “misa negra”. O si­no, el que comete un acto de violen­cia física contra la persona del Papa.

A los pecados reservados se les aplica una excomunión cuya absolu­ción queda reservada al Papa. El pe­nitenciario que recibe la confesión de tales pecados no puede absolverlos, sino que debe escribir al Penitencia­rio Mayor, guardando en secreto el nombre del pecador, y esperar la res­puesta y la indicación de la peniten­cia a cumplir como expiación.

Existen grados en las “reservas”. Por ejemplo, la excomunión aplica­da a quien provoque un aborto o a quien fraudulentamente grabe o di­vulgue en los medios de comunica­ción social lo dicho durante una con­fesión. El penitenciario menor tiene facultad para absolver estas excomu­niones.

HE: Entonces, para obtener esa absolución es necesario venir hasta Roma…

Fray Isidoro: La Iglesia es madre, y no puede olvidar a sus hijos peca­dores que viven lejos: en el Congo, en Brasil, en Nueva Zelanda…

Así, en cada Iglesia Catedral pue­de hallarse el confesionario del “Ca­nónigo Penitenciario”, al que todo fiel puede dirigirse sin necesidad de venir personalmente a Roma. Le ca­brá al “Canónigo Penitenciario” con­sultar a la Penitenciaría Apostólica conforme a cada caso concreto.

Existen otras posibilidades, siem­pre en vista del bien de las almas, so­bre todo si el penitente se encuentra en peligro de muerte. Pero no intere­sa aquí entrar en detalles.

No obstante, me permito contar un pequeño caso personal. Cuando niño, mi parroquia era la Catedral de Treviso. Un buen día leí sobre uno de los confesionarios esta inscrip­ción: “Canónigo Penitenciario”. Huí asustado y pensando: “¡Qué sa­cerdote más malo, que pone un cartel para avisar que dará pe­nitencias y castigos! ¡Nunca me confesaré con él!”

HE: ¿Qué busca y qué encuentra el peregrino en el penitenciario?

Fray Isidoro: Busca al hom­bre de Dios que se encuentra junto a la tumba de san Pedro, el lugar donde el primer Papa sufrió el martirio y es glorifica­do. Muchos penitentes me ha­cen la confidencia emociona­da de que vinieron a confesarse aquí para “ver a Pedro”. Algu­nos tienen la impresión de con­fesarse con el propio Papa.

Buscan también al hombre de Dios al cual pueden confesar, con la libertad del anonimato, los peca­dos que no se atreverían a revelar al sacerdote de su propia parroquia.

El peregrino debe encontrar en el penitenciario la sabiduría, la dulzura y la inagotable paciencia, pues toda per­sona –cualquiera que sea su conducta, aunque no puede ser aprobada– quie­re ser respetada y amada. Y debemos recordar lo dicho por san Pablo: “Her­manos, si alguno fuere hallado en falta, ustedes, los que están animados por el Espíritu, corríjanlo con mansedumbre.

Y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado” (Gal 6, 1).

HE: Por lo tanto, ¿este ministerio también depara una gran alegría?

Fray Isidoro: Por cierto que sí. Exis­te la alegría de comprobar cómo “el Omnipotente hace grandes cosas”. Se siente una gran alegría cuando llegan los que dicen: “He pensado mucho, y veo que me equivoqué de camino, que ando perdido. Decidí firmemente cambiar de vida a partir de hoy, pase lo que pase”. O cuando llega un peniten­te que dice: “Entré a la Basílica con mi grupo turístico sin inten­ción de confesarme, porque no lo hago desde hace años. Pero vi los confesionarios, vi las perso­nas que se confesaban, y una voz interior me llamaba: ¿por qué no vas tú también? Y me deci­dí. ¿Qué cosa más linda que ser uno de estos penitentes que re­cobran la paz con Dios y consi­go mismos?”

Otros llegan a la confesión atraídos por la belleza del ar­te, de la arquitectura, de la li­turgia, de los cantos de la Ca­pilla Sixtina. La percepción de la belleza se convierte en admi­ración y deseo del bien, ya que Dios también actúa por medio de las características comunes a todos los hombres: la aspiración a lo Bello, lo Bueno y lo Verdadero. La admiración de la belleza puede res­taurar la vida moral en el hombre.

Son en esos momentos cuando me siento exactamente como dijo de sí mis­mo nuestro Papa Benedicto XVI en el primer día de su pontificado: un humil­de trabajador en la viña del Señor.

Esta es, evidentemente, la obra del Espíritu Santo. A fin de cuen­tas, ¿qué hice yo para traer esas al­mas? El Paráclito ya lo había hecho todo.

 

 

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