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Mensaje de Fátima

Ceremonia de Beatificación de los Venerables Francisco y Jacinta

Publicado 2009/10/26
Autor : Homilía del Papa Juan Pablo II - 13 de Mayo del 2000

Yo Te bendigo, oh Padre, (...) porque escondiste estas verdades a los sabios e inteligentes, y las revelaste a los pequeñitos» (Mt 11, 25).

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1. Yo Te bendigo, oh Padre, (...) porque escondiste estas verdades a los sabios e inteligentes, y las revelaste a los pequeñitos» (Mt 11, 25).

Con estas palabras, amados hermanos y hermanas, Jesús adora los designios del Padre celestial; sabe que nadie puede venir a Mí, si no lo trae el Padre (cf. Jo 6, 44), por eso adora por este designio y lo abraza filialmente: «Si, Padre, Yo Te bendigo, porque así fue de tu agrado» (Mt 11, 26). Quisiste abrir el Reino a los pequeñitos.

Por designio divino, vino del Cielo a esta tierra, a la búsqueda de los pequeñitos privilegiados del Padre, «una Mujer revestida con el Sol» (Ap 12, 1). Háblales con voz y corazón de madre: invítalos a ofrecerse como víctimas de reparación, ofreciéndose Ella para conducirlos, seguros, hasta Dios. Fue entonces que de sus manos maternas salió una luz que los penetró íntimamente, sintiéndose inmersos en Dios como cuando una persona - explican ellos - se contempla en un espejo.

1.jpgMás tarde, Francisco, uno de los tres privilegiados, exclamaba: «Nosotros estábamos por arder en aquella luz que es Dios y no nos quemábamos. Cómo es Dios? No se puede decir. Esto sí que no podemos decir». Dios: una luz que arde, pero no quema. La misma sensación tuvo Moisés, cuando vio a Dios en la zarza ardiente; allá oyó a Dios hablar, preocupado con la esclavitud de su pueblo y decidido a liberarlo por medio de él: «Yo estaré contigo» (cf. Ex 3, 2-12). Los que acogen esta presencia se vuelven morados y, consecuentemente, «zarza ardiente» del Altísimo.

2. Al beato Francisco, lo que más lo impresionaba y absorbía era Dios en aquella luz inmensa que penetrara en el interior de los tres. Sólo a él, sin embargo, Dios se diera a conocer «tan triste», como él decía. Cierta noche, su padre lo oyó sollozar y le preguntó porqué lloraba; el hijo respondió: «Pensaba en Jesús que está tan triste por causa de los pecados que se cometen contra Él». Vive movido por el único deseo - tan expresivo de la manera de pensar de los niños - de «consolar y dar alegría a Jesús».

En su vida, se da una transformación que podríamos llamar radical; una transformación ciertamente no común en niños de su edad. Entregarse a una vida espiritual intensa, que se traduce en oración asidua y fervorosa, llegando a una verdadera forma de unión mística con el Señor. Esto mismo lo lleva a una progresiva purificación del espíritu, a través de la renuncia a los propios gustos y hasta a los juegos inocentes de niños.

Soportó los grandes sufrimientos de la enfermedad que lo llevó a la muerte, sin nunca lamentarse. Todo le parecía poco para consolar a Jesús; murió con una sonrisa en los labios. Grande era, en el pequeño Francisco, el deseo de reparar las ofensas de los pecadores, esforzándose por ser bueno y ofreciendo sacrificios y oración. Y Jacinta su hermana, casi dos años más joven que él, vivía animada por los mismos sentimientos.

3. «Y apareció en el Cielo otra señal: un enorme Dragón» (Ap. 12, 3).

Estas palabras de la primera lectura de la Misa nos hacen pensar en la gran lucha que se traba entre el bien y el mal, pudiéndose constatar cómo el hombre, poniendo a Dios de lado, no consigue llegar a la felicidad, antes acaba por destruirse a sí mismo.

Cuántas víctimas a lo largo del último siglo del segundo milenio! Vienen a la memoria los horrores de la primera y segunda Gran Guerra y de otras más en tantas partes del mundo, los campos de concentración y exterminio, los gulags, las limpiezas étnicas y las persecuciones, el terrorismo, los secuestros de personas, la droga, los atentados contra los nascituros y la familia.

El mensaje de Fátima es un apelo a la conversión, alertando a la humanidad a no hacer el juego del «dragón» que, con la «cola, arrastró un tercio de las estrellas del Cielo y se lanzó sobre la tierra» (Ap. 12, 4). La última meta del hombre es el Cielo, su verdadera casa donde el Padre celestial, en su amor misericordioso, por todos espera.

Dios no quiere que nadie se pierda; por eso, hace dos mil años, mandó a la tierra a su Hijo «buscar y salvar lo que estaba perdido» (Lc. 19, 10). Y Él nos salvó con su muerte en la Cruz; que nadie torne vana aquella Cruz! Jesús murió y resucitó para ser «el primogénito de muchos hermanos» (Rom. 8, 29).

En su solicitud materna, la Santísima Virgen vino aquí, Fátima, a pedir a los hombres para «no ofender más a Dios Nuestro Señor, que ya está muy ofendido». Es el dolor de madre que la hace hablar; está en juego la suerte de sus hijos. Por eso, decía a los pastorcitos: «Rezad, rezad mucho y haced sacrificios por los pecadores, que van muchas almas al infierno porque no hay quien se sacrifique y pida por ellas».

4. La pequeña Jacinta sintió y vivió como propia esta aflicción de Nuestra Señora, ofreciéndose heroicamente como2.jpg víctima por los pecadores. Un día - ya ella y Francisco habían contraído la enfermedad que los obligaba a estar en la cama - la Virgen María vino a visitarlos a casa, como cuenta la pequeñita: «Nuestra Señora nos vino a ver y dice que viene a buscar a Francisco muy en breve para el Cielo. Y a mí me preguntó si quería todavía convertir más pecadores. "Le Dije que sí». Y, al aproximarse el momento de partida de Francisco, Jacinta le recomienda: «Da muchos saludos míos a Nuestro Señor y a Nuestra Señora y diles que sufro todo cuanto Ellos quisieren para convertir a los pecadores». Jacinta quedará tan impresionada con la visión del infierno durante la aparición del 13 [trece] de Julio, que ninguna mortificación y penitencia era demás para salvar a los pecadores.

Bien podía ella exclamar con San Pablo: «Me alegro de sufrir por vosotros y completo en mí misma lo que falta a las tribulaciones de Cristo, en beneficio de su Cuerpo, que es la Iglesia» (Col 1, 24). El domingo pasado, junto al Coliseo de Roma, realizamos la conmemoración de tantos testimonios de fe del siglo XX [veinte], recordando las tribulaciones por ellas sufridas, a través de significativos testimonios que nos dejaron. Una nube incalculable de testimonios corajudos de Fe nos legó una herencia preciosa, que debe permanecer viva en el tercer milenio. Aquí en Fátima, donde fueron vaticinados estos tiempos de tribulación pidiendo a Nuestra Señora oración y penitencia para abreviarlos, quiero hoy dar gracias al Cielo por la fuerza del testimonio que se manifestó en todas aquellas vidas. Y deseo una vez más celebrar la bondad del Señor para conmigo, cuando, duramente alcanzado en aquel día 13 [trece] de Mayo de 1981 [mil novecientos ochenta y uno, fui salvado de la muerte. Expreso mi gratitud también a la beata Jacinta por los sacrificios y oraciones ofrecidas por el Santo Padre, que ella lo había visto en gran sufrimiento.

5. «Yo Te bendigo, oh Padre, porque revelaste estas verdades a los pequeñitos». La adoración de Jesús toma hoy forma solemne de beatificación de los pastorcitos Francisco y Jacinta. La Iglesia quiere, con este rito, colocar sobre el candelabro estas dos candelas que Dios ascendió para alumbrar a la humanidad en sus horas sombrías e inquietas. Brillen ellas sobre el camino de esta multitud inmensa de peregrinos y cuantos más nos acompañan por la radio y la televisión. Sean una luz amiga a iluminar Portugal entero y, de modo especial, esta diócesis de Leiria-Fátima.

Agradezco al Señor Mons. Serafim, Obispo de esta ilustre Iglesia particular, sus palabras de bienvenidas, y con gran alegría saludo a todo el Episcopado portugués y sus diócesis que mucho amo y exhorto a imitar a sus Santos. Un saludo fraterno a los Cardenales y Obispos presentes, con mención particular para los Pastores de la Comunidad de Países de Lengua Portuguesa: la Virgen María alcance la reconciliación del pueblo angolano; conforte a los siniestrados de Mozambique; vele por los pasos de Timor Lorosae, Guiné-Bissau, Cabo Verde, Santo Tomé y Príncipe; y preserve en la unidad de la fe a sus hijos e hijas del Brasil.

Saludo con deferencia al Señor Primer Ministro y demás Autoridades que quisieron participar en esta Celebración, aprovechando este momento para, en su persona, expresar mi reconocimiento a todos por su colaboración que tornó posible esta peregrinación mía. Un abrazo cordial y una bendición particular a la parroquia y ciudad de Fátima que hoy se alegra por sus hijos elevados a las honras de los altares.

3.jpg6. Mi última palabra es para los niños: Queridos niños y niñas, veo a muchos de vosotros vestidos como Francisco y Jacinta. Les queda muy bien! Pero, luego o mañana, ya dejareis esa ropa y... se acaban los pastorcitos. No deberían de acabar, no?! Es que Nuestra Señora necesita mucho de vosotros todos, para consolar a Jesús, triste con las tonterías que se hacen; necesita de vuestras oraciones y sacrificios por los pecadores.

Pidan a vuestros padres y educadores que os metan en la «escuela» de Nuestra Señora, para que Ella os enseñe a ser como los pastorcitos, que buscaban hacer todo lo que les pedía. Os digo que «se avanza más en poco tiempo de sumisión y dependencia de María, que durante años enteros de iniciativas personales, apoyados apenas en sí mismos» (S. Luís de Montfort, Tratado de la verdadera devoción a la SS.ma Virgen, nº 155). Fue así que los pastorcitos se tornaron santos de prisa. Una mujer que acogiera a Jacinta en Lisboa, al oír consejos tan buenos y acertados que la pequeñita daba, preguntó quién los enseñaba. «Fue Nuestra Señora» - respondió. Entregándose con total generosidad a la dirección de tan buena Maestra, Jacinta y Francisco subieron en poco tiempo a las cumbres de la perfección.

7. «Yo Te bendigo, oh Padre, porque escondiste estas verdades a los sabios e inteligentes, y las revelaste a los pequeñitos».

Yo Te bendigo, oh Padre, por todos tus pequeñitos, para comenzar a la Virgen María, tu humilde Sierva, hasta a los pastorcitos Francisco y Jacinta.

Que el mensaje de sus vidas permanezca siempre vivo para iluminar el camino de la humanidad!


Fuente: Site: http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/travels/documents/hf_jp-ii_hom_20000513_beatification-fatima_po.html

 

 

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