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Religión e Historia

La cruz de Cristo, la única gloria del cristiano

Publicado 2009/01/13
Autor : Redacción

La Eucaristía tiene una íntima unión con la vocación de todo bautizado: evangelizar. Es el Papa quien nos lo recuerda, y el protomártir de la Eucaristía, San Tarsicio, quien nos da ejemplo.

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La cruz de Cristo, la única gloria del cristiano

 
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Aspectos del interior de la Basílica de San Pedro, en Roma, durante la realización del
Consistorio Público Ordinario el día 24 de noviembre de 2007.

Cautivó la atención del mundo entero la ceremonia del último Consistorio, en el que fueron creados 23 nuevos cardenales. Por una circunstancia fortuita, el acto se realizó en el interior de la Basílica de San Pedro, donde los austeros faustos del mármol multicolor contribuían silenciosamente para resaltar todavía más el esplendor de la solemne investidura.

A lo largo de los siglos la Iglesia fue rodeando a los miembros de la Sagrada Jerarquía de honras que se traducen no sólo en trajes, insignias y títulos propios a cada grado, sino también con otros privilegios. Pues la respetabilidad que debe rodear toda autoridad facilita a los subordinados su aceptación sumisa y reverente. Los propios fieles se alegran al ver al superior rodeado de las honras proporcionales, pues la dignidad de éste eleva también, de algún modo, al súbdito.

Si a toda autoridad, sea espiritual o temporal, se le debe reconocer la debida dignidad, es preciso igualmente tener en vista las graves responsabilidades ligadas a su ejercicio.

Aspecto éste que el Santo Padre resaltó en su homilía: “Me es grato confirmaros mi sincero aprecio por el servicio fielmente prestado en tantos años de trabajo en los diversos ámbitos del ministerio eclesial, servicio que ahora, con la elevación a la púrpura cardenalicia, sois llamados a cumplir con una responsabilidad todavía mayor, en estrechísima comunión con el obispo de Roma. [...] Queridos y venerables hermanos, el Evangelista Marcos nos recuerda que todos los verdaderos discípulos de Cristo pueden aspirar a una sola cosa: compartir su pasión, sin pedir recompensa alguna” .

“El cristiano está llamado a asumir la condición de “siervo” siguiendo las huellas de Jesús, gastando su vida por los otros en modo gratuito y desinteresado.

No la búsqueda del poder y del éxito, sino el humilde don de sí por el bien de la Iglesia es lo que debe caracterizar cada uno de nuestros gestos y cada una de nuestras palabras”, subrayó.

La verdadera grandeza cristiana, de hecho, no consiste en dominar, sino en servir. [...] Es el ideal que debe orientar vuestro servicio”.

Las insignias cardenalicias recuerdan esa verdad, especialmente el color rojo, que simboliza la disposición a dar testimonio de Jesucristo hasta el derramamiento de la propia sangre, en el martirio, como recordó el Papa: “Al entrar a formar parte del Colegio de los Cardenales, el Señor os pide y os confía el servicio del amor: amor por Dios, amor por su Iglesia, amor por los hermanos con una dedicación máxima e incondicional, usque ad sanguinis effusionem , como recita la fórmula para la imposición de la birreta y como muestra el color rojo de la ropa que portáis” .

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Detalles de ceremonial de creación de los nuevos miembros del Sacro Colegio de Cardenales.

Sin duda alguna, fue este uno de los más bellos aspectos del Consistorio, el convite a una total donación, resaltado por la coincidencia con la fiesta de Cristo Rey, pues la propia Liturgia, lleva a dirigir la mirada hacia el más sublime símbolo del catolicismo:

La Cruz de Nuestro Señor Jesucristo, como así recordó Benedicto XVI en la homilía de la misa en la que fue entregado el anillo a los nuevos purpurados: “En Jesús crucificado tiene lugar la máxima revelación posible de Dios en este mundo, porque Dios es amor, y la muerte de Jesús en la cruz es el mayor acto de amor en toda la Historia. Pues bien, en el anillo cardenalicio que dentro de poco entregaré a los nuevos miembros del sagrado Colegio está representada precisamente la crucifixión. Queridos hermanos neocardenales, para vosotros será siempre una invitación a recordar de qué Rey sois servidores, a qué trono fue elevado y cómo fue fiel hasta el final para vencer el pecado y la muerte con la fuerza de la misericordia divina. La madre Iglesia, esposa de Cristo, os da esta insignia como recuerdo de su Esposo, que la amó y se entregó a Sí mismo por ella. Así, al llevar el anillo cardenalicio, recordáis constantemente que debéis dar la vida por la Iglesia” .

Es así que todo el bello ceremonial de este Consistorio se podría resumir en la frase sucinta del Apóstol San Pablo, en su carta a los Gátalas:

“En cuanto a mí, no pretendo, jamás, gloriarme, a no ser en la Cruz de Nuestro Señor Jesucristo” (Gal 6,14).

 

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