Versión 0.8 Beta. Ingresar | Registrese

Ingresar

 
E-mail :
Contraseña :
Aun no se ha registrado?
Click aquí
Inicio » Iglesia Católica » Tesoros de la Santa Iglesia »
Tesoros de la Santa Iglesia

La santidad de Dios

Publicado 2018/09/22
Autor : Mons. Jacques-Bénigne Bossuet

Contemplar, admirar y adorar la santidad santificadora de Dios es uno de los mejores medios para alejarnos del pecado y desear el Cielo. A ello nos invita en estas líneas uno de los mayores oradores sacros de la Historia.

| Imprimir | Email E-mail | Report! Corregir | Share

Padre santo", "Padre justo": éstos son los dos únicos nombres que el Hijo de Dios le da a su Padre [la segunda Persona de la Santísima Trinidad]; las dos únicas cualidades que le atribuye; lo que ellas encierran es inexplicable. [...]

Dios es infinitamente santo

Vemos, pues, que no hay nada más conveniente que honrar estos dos atributos por medio de una oración en la cual tengan pleno efecto. Pero si yo llegara ahora mismo a contemplar específicamente esas dos divinas perfecciones, aquí ya me pierdo.

Veo que lo que se alaba, lo que se celebra principalmente de Dios en el Cielo, es su santidad. Los serafines, es decir, los primeros y los más sublimes de todos los espíritus celestiales, adorando a Dios en su trono, no pueden decir otra cosa sino que Él es santo; una vez más que es santo; por tercera vez que es santo (cf. Is 6, 3). O sea, que es infinitamente santo: santo en su perfecta Unidad; santo en la Trinidad de sus Personas: la primera como el principio de la santidad y las otras dos como salidas por santas operaciones del seno mismo y del fondo de la santidad. Entonces gritemos también nosotros: "¡Santo, santo, santo!", y adoremos la santidad de Dios.

La santidad en los hombres es una cualidad moral que les proporciona todas las virtudes y los aleja de todos los pecados. No hay nada más excelente en los hombres que la santidad; nada los vuelve tan admirables, tan venerables. Los hace parecer como algo divino, como dioses en la tierra: "Yo dije: vosotros sois dioses, e hijos todos del Altísimo" (Sal 81, 6).

¿Qué adoración no debería, por tanto, atraernos hacia Dios su infinita santidad? En nosotros, ésta es algo accidental, que se puede adquirir o perder. Dios es santo por su esencia; su esencia es la santidad. Todo en Él es sagrado, todo es santo. Profanos, no os acerquéis, no toquéis: todo es santo, todo es la santidad misma.

"Dios es luz y en Él no hay tiniebla alguna" (1 Jn 1, 5). Dios es "el que es" (cf. Éx 3, 14) y, por su ser, está infinitamente alejado de la nada. Él es santo, y por su santidad está más infinitamente alejado todavía, si se puede hablar así, de otra nada más vil y más odiosa, que es la del pecado.

La santidad de Dios

Su voluntad es la regla de toda rectitud

Su voluntad es su regla, y la de todas las cosas. ¿Qué puede haber de irregular en la propia regla? No es santo por la gracia, sino por naturaleza. No es un santo santificado; es el santo santificador: todas sus obras son santas, porque parten del fondo de la santidad y de su voluntad, que es siempre santa, siempre recta, ya que es la rectitud misma, la regla misma de toda rectitud.

David se levanta por la mañana y va a contemplar la santidad de Dios: "Al amanecer me pondré en tu presencia, y te contemplaré. Porque no eres tú un Dios que ame la iniquidad" (Sal 5, 5); y que no puedes desearla, pues eres siempre santo, cuyas todas obras son inseparables de la santidad. Permanezcamos con David en silencio ante la muy augusta santidad de Dios. Nos perdemos contemplándola, porque nunca la podremos comprender; ni tampoco la pureza necesaria para acercarse a ella.

Isaías ve de lejos el trono de Dios, ese trono alrededor del cual su santidad es celebrada por los serafines: he visto, dice él, "al Señor sentado sobre un trono alto y excelso"; y todo estaba a sus pies, y todo se estremecía ante Él; y he visto a los bienaventurados espíritus que estaban más cerca del trono, y no he escuchado otra cosa de su boca que esta voz: "¡Santo, santo, santo!"; y me invadió el miedo y dije: "Ay de mí, estoy perdido! Yo, hombre de labios impuros, que habito en medio de gente de labios impuros, he visto con mis ojos al Rey, Señor de los ejércitos" (cf. Is 6, 1-7), de todos los ejércitos del Cielo y de los de la tierra. La santidad de Dios le hace temblar. Tomado por un santo y religioso temor, se retira.

Está por encima de los esfuerzos de los serafines

Esto no me sorprende. Ha visto a los propios serafines en su asombro. Si tienen alas para volar, lo que muestra la sublimidad de sus conocimientos, también las tienen para cubrir sus ojos deslumbrados por la luz y por la santidad de Dios.

Todo abrasados como están en el divino amor, sienten que su amor es limitado, como todas las cosas creadas; y que, en consecuencia, hay en ellos, por así decirlo, más "no amor" que amor, como también siempre hay más "no ser" que ser. Por eso se esconden y cubren con sus alas su rostro y sus pies; se consideran indignos de comparecer con su santidad finita ante la infinita santidad de Dios. Y el grito que dan para decirse uno a otro: "¡Santo, santo, santo!", muestra el esfuerzo que necesitan para entender y para celebrar la santidad de Dios, la cual permanece por encima de todos sus esfuerzos. De modo que no hay más que Él capaz de alabarse a sí mismo, y que es en Él donde se debe encontrar y conocer su digna alabanza.

¡Cuánto más debemos nosotros, pecadores, temblar ante la augusta y temible santidad de Dios! Pero si una brasa del altar es puesta en mis labios, si uno de esos serafines recibe de Dios la orden de tocarme con ese fuego celestial, como hizo con Isaías, entonces alabaré al Señor con labios puros, porque lo amaré con un amor puro.

Apartémonos, por tanto, de los pecadores

Sin embargo, no creamos que los serafines, ni los ministros de Dios, cualesquiera que sean, incluso si hubieran sido elevados a su categoría por la perfección de su amor, tienen el poder de purificarnos. Pueden tocarnos los labios con ese fuego divino por la inspiración de algunos buenos pensamientos; pero para penetrar a fondo, para abrasarnos del amor que nos santifica, es la vez reservada a Dios, que, presente en lo más íntimo de nuestros corazones, enciende y oculta en nuestro interior y en la médula de nuestros huesos esa llama santificadora y purificante.

Y así es como se cumple esta divina oración: "Padre santo, santifícalos en la verdad: por ellos yo me santifico" (cf. Jn 17, 11.17.19). Apartémonos, por tanto, de los pecadores y de toda iniquidad, contemplando la santidad de Dios, nuestro Padre celestial. Pues es así como David, tras haber visto y contemplado al amanecer que Dios es santo, y que "no ama la maldad" -es decir, que no la desea nunca, ni en cualquier lugar donde esté-, agrega inmediatamente después: "ni el arrogante se mantiene en tu presencia, ni los injustos podrán permanecer delante de tus ojos" (Sal 5, 5-6).

Una vez más lo digo: apartémonos de los pecadores; separémonos de ellos, no sólo por una vida opuesta a la suya, sino también, tanto como posible, evitando su odiosa y peligrosa compañía, por miedo a ser corrompidos por sus palabras y sus ejemplos, y de respirar un aire infectado. 

Méditations sur l'Évangile. La Cène. Seconde Partie.LXVI.e Jour. In: "OEuvres Complètes". Besançon: Outhenin-Chalandre Fils, 1836, v. III, pp. 445-447.

 

Su voto :
0
Resultado :
0
- Votos : 0

Artículos Recomendados

Últimos vídeos   ‹‹‹

Copyrigth Heraldos del Evangelio - Todos los derechos Reservados.