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Heraldos en el Mundo

Testimonios: Y Dios no los abandonó...

Publicado 2018/09/24
Autor : P. Davi Werner Ventura, EP

He aquí la experiencia de quien hace un trabajo pastoral con los enfermos de la parroquia de Nuestra Señora de las Gracias.

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Pocas imágenes son tan expresivas del infinito cariño y la benevolencia de Dios por los hombres como los desvelos de una buena madre para con su hijito. Capaz de extremos de abnegación que llegan al heroísmo, el verdadero afecto materno no conoce restricciones ni límites, ni escatima esfuerzos cuando se trata de amparar y proteger a aquel sobre quien se vuelca.

Dicha inclinación natural característica de las buenas madres no deja de ser, sin embargo, un pálido reflejo del inefable amor de Dios por cada uno de sus hijos, ya sean obedientes y dedicados, ya negligentes o incluso rebeldes... Su divina ternura está pronta para beneficiar a todos a cada instante, pero en los momentos de dificultad lo hace con especial abundancia.

Aumentan las peticiones de la Unción de los Enfermos

Visita a un enfermo con mal de Wilson; su estado actual es tan grave que no consigue recibir la comunión
Visita a un enfermo con mal
de Wilson; su estado actual
es tan grave que no consigue
recibir la comunión.
Esa es la alentadora realidad con la que se encuentran los sacerdotes y diáconos heraldos al prestar asistencia espiritual a los ancianos y los enfermos de la parroquia de Nuestra Señora de las Gracias.

Para que se entienda mejor en qué consiste esa labor, empecemos recordando una escena ocurrida meses después de que la diócesis de Bragança Paulista (Brasil) erigiera la parroquia de Nuestra Señora de las Gracias y la confiara a los cuidados pastorales de los Heraldos del Evangelio.

En esa época un feligrés, con palabras llenas de sencillez, le contaba a una de las hermanas: "¡No, no está habiendo más fallecimientos que antes aquí en nuestro barrio! Siempre ha habido enfermos y muertes, pero pasaba desapercibido. Ahora las personas han aprendido a pedir el auxilio de la Iglesia cuando sienten que está llegando su hora. Eso antes no sucedía...".

Anteriormente a la creación de la nueva parroquia, muchos habitantes de ese extenso territorio rural de la Sierra da Cantareira vivían alejados de la religión. Sin embargo, poco a poco la Virgen fue trabajando sus almas, proporcionándole a cada cual la oportunidad de comprender la importancia de los sacramentos; como consecuencia, la petición del viático para enfermos y agonizantes fue multiplicándose de manera paulatina.

Confortación para el cuerpo, amparo para el alma

Un bonito testimonio en ese sentido nos lo envía Rosa María Molena, que recuerda con gratitud los beneficios recibidos: desde la Primera Comunión de su hijo, en 2009, hastael Bautismo, Confirmación y Primera Comunión de su marido, en 2010; y una gracia singular obtenida poco tiempo después.

"En marzo de 2011, mi hijo Andrés, por entonces con 11 años, se encontraba hospitalizado para ser operado de un tumor en el cerebro. Le pedí a un sacerdote heraldo que fuera a darle la Unción de los Enfermos el día anterior a la intervención. Mientras éste rezaba, mi hijo nos decía que percibía una mano acariciándole la cabeza y yo sentí en ese momento la presencia de Dios, nuestro Señor, tocando a mi hijo. Al día siguiente, la operación quirúrgica se realizó con éxito.

Hoy ya tiene 18 años y, para nuestra alegría, está completamente curado, gracias a Nuestro Señor Jesucristo". Otro emocionante relato nos lo cuenta Felipe Lima Silva, en aquella época alumno de la catequesis, quien se empeñó en proporcionar ese amparo espiritual a uno de sus parientes: "Mi familia y yo les estamos muy agradecidos a los sacerdotes de los Heraldos del Evangelio, quienes nos auxiliaban siempre que lo necesitábamos, principalmente cuando mi tío Roberto recibió la Unción de los Enfermos, pues estaba con cáncer. Mi abuela, madre de mi tío, se ponía muy contenta cuando el sacerdote iba a nuestra casa para atenderlo, y por eso siempre le estará muy agradecida, porque veía que en cada visita mi tío se quedaba más tranquilo, resignado y, sobre todo, crecía en la fe. Gracias a los consejos del sacerdote, empezó a rezar el Rosario todos los días las últimas semanas que estuvo entre nosotros. Falleció en el 2012, y desde entonces su hijo, Marcos Vinicius, mi primo, frecuenta asiduamente la capilla y hoy es uno de los principales monaguillos.

Está muy agradecido por todo lo que el sacerdote hizo por su padre, especialmente por rezar siempre por él en la Santa Misa".

Por narrar sólo un hecho más, referiremos aquí la modesta iniciativa de una niña de 13 años, también alumna de la catequesis en el 2012. Después de una clase sobre la Unción de los Enfermos, su primera preocupación fue la de transmitirle a su madre lo que había aprendido, rogándole que tomara las oportunas providencias para que su jefe, que se encontraba internado en una clínica desde hacía cuatro meses a causa de un traumatismo craneal, se beneficiara de tal confortación de la Iglesia. Los familiares del paciente se quedaron tan conmovidos con ese gesto que consintieron que le visitara un sacerdote, a pesar de que no eran practicantes de la religión. El enfermo acabó falleciendo serenamente unas horas después de recibir los sacramentos, como si únicamente estuviera esperando esa preparación para presentarse ante Dios.

Se inicia una "pastoral domiciliaria"

El Diác. Carlos Roberto Segatto lleva la comunión a la casa de un enfermo
El Diác. Carlos Roberto Segatto lleva la
comunión a la casa de un enfermo.
Tan frecuentes se volvieron los casos de ese género que, a mediados de 2014, se decidió organizar en la parroquia un sector especial para asistir a los enfermos y ancianos.

El lance inaugural de esa nueva empresa fue una misión mariana en los alrededores de una de las capillas de la parroquia. Al hacer un listado de los feligreses que no podían desplazarse hasta el lugar de las celebraciones por razones de edad o enfermedad, se registraron ocho personas; y aquel mismo fin de semana recibieron en su casa al sacerdote.

A medida que se difundía la noticia entre los habitantes de la región, el volumen de atenciones iba aumentando: ora se pedía por un vecino, ora por un familiar o un amigo que pertenecía a otra capilla... Así, en menos de un año, el número de inscritos rondaba los cincuenta. Hoy día, ese número se mantiene, y es necesario recorrer entre 600 y 700 kilómetros al mes para atenderlos.

Dios nunca abandona a los que lo aman

Después de unas semanas de trabajo, el sacerdote responsable de la misión, habiendo conocido más de cerca a los ancianos que se habían inscrito, pudo notar en varios de ellos un rasgo común: cuando se dedicaron a alguna forma de apostolado mientras fueron personas activas, sea como ministros de Eucaristía, sea como catequistas o como miembros de cofradías. No sería una exageración decir que el consuelo espiritual que recibieron al final de su vida fue una de las maneras por las cuales la Madre de Dios quiso mostrar su cariño por esos hijos que no temieron dar testimonio de Ella ante los hombres.

Es significativo en ese sentido un hecho ocurrido a propósito de una atención rutinaria a un anciano. Cierta mañana, al darle la comunión, el sacerdote percibió que lloraba, afligido, y trató de consolarlo preguntándole la causa de su llanto. El anciano, ya muy debilitado, sólo consiguió decir, con la voz entrecortada: "Pobrecita... se ha quemado... está muriendo...". El único familiar allí presente le aclaró que se trataba de una pariente también mayor y muy católica, que había sufrido un accidente doméstico la noche anterior y estaba al borde de la muerte.

El sacerdote se dispuso a llevarle los sacramentos, pero no se conocía su nombre completo ni donde estaba hospitalizada. Algo, no obstante, le empujaba a ir en socorro de aquella alma... Al salir de allí, fue en busca de otros familiares que tendrían, sin duda, más noticias del caso y, después de muchas idas y venidas, logró finalmente la información necesaria para llegar hasta ella.

Eran alrededor de las once de la noche cuando el sacerdote y el diácono que lo acompañaba entraron en una grande y repleta UTI, donde la pobre señora, ya en coma, ocupaba la última cama. La atendieron, le administraron los sacramentos y más tarde supieron que falleció poco después de ser confortada por los auxilios de la Iglesia.

Al día siguiente, considerando las peripecias por las cuales habían pasado para atender a esa única alma, los dos clérigos se preguntaron por qué le habían dado tanta importancia al caso. Les pareció un esfuerzo desproporcionado, máxime que nadie había pedido que fueran hasta allí para atenderla... Todo se aclaró cuando, conversando con sus familiares, éstos comentaron que ella había dedicado buena parte de su vida a amparar a los enfermos del barrio, incluso llevándoles la comunión.

El testimonio de Ana y Waldenir Koga, familiares de un antiguo ministro de la Eucaristía, es otro ejemplo de esa particular protección del Cielo sobre esos hijos celosos: "Nosotros, de la familia de Alarico Pereira da Silva, queremos agradecer la atención que recibimos de la asociación Heraldos del Evangelio en todas las visitas eucarísticas que hicieron a nuestra casa en el período en que Alarico quedó encamado y enfermo.

Le pedimos al sacerdote que mandara a alguien que le llevara la comunión a casa y fuimos atendidos; primeramente, venía un ministro de la Eucaristía de la capilla, pero luego venían los propios sacerdotes, acompañados por un diácono. Esa asistencia se dio desde 2014 hasta su fallecimiento, el 26 de junio de 2015, por lo que se lo agradecemos".

"El consuelo que necesitábamos"

Entre esas almas fervorosas estuvo una simpática nonagenaria, que cierto día le manifestó al sacerdote los buenos recuerdos que guardaba del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira. Lo había visto dando un discurso en el Congreso Eucarístico Nacional de 1942, en el que había participado como miembro de las Hijas de María.

Con respecto a la atención dispensada a esa añorada señora, un familiar atestigua: "Mi nombre es Elizabeth María Fornasaro y soy sobrina de Odette Fornasaro, fallecida en diciembre de 2014. Frecuentaba asiduamente las Misas en la capilla, hasta el momento en que, por enfermedad, quedó imposibilitada de comparecer a las celebraciones. Esto la dejó muy triste. Por entonces tenía 96 años, pero siempre lúcida, hasta el fin. Con gran alegría para ella empezó a ser visitada por un sacerdote heraldo, que le llevaba la comunión los sábados por la tarde. Católica fervorosa, esto le fue de gran aliento, y creo que le trajo el consuelo que necesitaba -o mejor dicho, que necesitábamos- en aquel momento de dolor.

Por eso puedo dar aquí mi testimonio de cómo este trabajo es importante para las personas mayores y los enfermos que no pueden salir de sus casas, como era el caso de mi tía, o para los que están en hospitales, y que así pueden recibir la comunión y una palabra de esperanza. Mi total agradecimiento a ustedes, y creo que, desde el Cielo, tía Odette se vale de mí como vehículo de su igual sentimiento".

Ánimo para cargar con la cruz hasta el final

La recepción fervorosa de los auxilios de la Iglesia lleva consigo el beneficio, más que el de la aceptación resignada del dolor, el del verdadero ánimo para cargar con la cruz hasta el final, sin dejarse abatir. Numerosos testimonios de ancianos demuestran cómo la sensación de abandono y tristeza, tan común en esa etapa de la vida, cede lugar a la serenidad, a la alegría y al coraje cristianos, lo que acaba incentivando a los familiares más cercanos a la práctica de la fe.

Así describe Mario Sergio Rodrigues Motta y Silva su experiencia personal: "Mi madre recibió durante unos dos años la visita semanal del sacerdote heraldo, pues había sufrido un AVC y ya no podía andar. Nunca se desanimó, incluso en medio a los grandes sufrimientos de la enfermedad, y el apoyo del sacerdote fue uno de los principales factores para ello, junto con la gran devoción a la Virgen que le profesaba. Un día antes de fallecer, ya en el hospital, recibió los últimos sacramentos, y con eso murió muy tranquila. Ahora quien es favorecido por el apostolado de ese sacerdote soy yo. Para mí, sus visitas significan que no estoy solo, sino con Dios y con la Virgen, y me estimula a continuar en mi religión. Se lo agradezco de todo corazón al sacerdote y a los Heraldos, cuyo carisma es muy hermoso y da nuevo impulso a la Iglesia.

Mi completa gratitud a Mons. João, y toda mi admiración al Prof. Plinio Corrêa de Oliveira: sus ideas son geniales y su vida, un ejemplo para todos nosotros. Y lo mismo a Dña. Lucilia. Por cierto, me quedé muy contento cuando descubrí que el Dr. Plinio fue alumno del Colegio San Luis, de los jesuitas, pues yo también estudié allí cuando era pequeño. Este remoto vínculo con él es un honor para mí".

Disposición para socorrer a cualquier persona

La aptitud de socorrer a quien quiera que sea es una nota distintiva de ese trabajo pastoral. Si en medio del camino el sacerdote se encuentra con algún accidente de tráfico, nunca sigue adelante sin haberse parado antes para comprobar si hay víctimas que necesitan los sacramentos.

En cierta ocasión, el beneficiado fue un atracador cogido infraganti por la Policía y gravemente herido de bala, cuya atención contó con el apoyo de la población presente en el lugar y el consentimiento de los propios policías. En otra circunstancia, un pobre atropellado, que, como se supo más tarde, se recuperó del accidente, contradiciendo todo pronóstico clínico.

Igualmente existen casos de personas que inscriben en el listado de visitas a un pariente alejado de la vida sacramental, con vistas a su conversión.

Esa fue la actitud adoptada por María Aparecida do Prado con relación a su esposo, entonces con 90 años. He aquí su testimonio. "Mi marido ya estaba bastante debilitado cuando el sacerdote vino a visitarlo la primera vez. Aunque nunca había sido una persona religiosa, quiso comulgar ese día, y también en las visitas posteriores. Le fallaba la memoria, hasta el punto de no reconocer a sus propios hijos, pero sabía perfectamente cuando era el día en que el sacerdote venía. Gracias a esa ayuda, quedaba más calmado, pues antes era muy nervioso, y mi casa se volvió otra, ¡entró una bendición! Más tarde tuvo un problema que lo dejó inmóvil, sin habla y sin reacción alguna.

No obstante, cuando el sacerdote vino a visitarlo, unos quince días antes de fallecer, abrió los ojos y estuvo claramente consciente, recibiendo los últimos sacramentos. Se lo agradezco mucho al sacerdote y le pido en todo momento a Nuestra Señora de Fátima que bendiga a todos los sacerdotes y heraldos. Ustedes trabajan maravillosamente".

Siempre pródiga en auxiliar a los que en Ella depositan su confianza, la Santísima Virgen extiende sus bendiciones maternales también a los que velan así por el bien espiritual de sus familiares, como lo demuestra este relato de Roseli Aparecida Jammini: "Mi marido siempre ha sido ateo, pero después de que los Heraldos pasaron por aquí, empezó a frecuentar la capilla conmigo; hoy confía mucho en Nuestra Señora de Fátima.

Hace seis años sufrió un AVC, y le tuvieron que amputar una pierna y además perdió la vista; a causa de ello entró en depresión y llegó incluso a tener alucinaciones. Las visitas del sacerdote comenzaron en un momento en que yo ya estaba desesperada, y no sólo fueron la salvación para mi marido, sino para mi familia entera.

Todo mejoró, ¡y mucho! No me queda más que agradecerles a ustedes todo cuanto han hecho por nosotros, trayéndonos paz, alegría, en fin, todo lo que necesitamos".

* * *

Los hechos aquí narrados tan sólo dan una idea a grandes rasgos de ese trabajo, durante el cual se ha podido evaluar mejor la importancia de proporcionar la asistencia de la Iglesia a esas personas especialmente sufridoras, pues, en medio a las decepciones y dificultades de la vida, encuentran en los sacramentos a Aquel que es la Fuente de toda consolación.

 

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