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Comentario al Evangelio

Comentario al Evangelio – XXXI Domingo del tiempo ordinario - Las dos alas de la santidad

Publicado 2018/11/04
Autor : Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP

¿Qué es más importante: amar a Dios o conocerlo? ¿Basta la inteligencia para salvarnos? O, al contrario, ¿el amor excluye el uso de la inteligencia?

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Comentario al Evangelio

- EVANGELIO -
 En aquel tiempo, 28 un escriba que oyó la discusión, viendo lo acertado de la respuesta, se acercó y le preguntó: "¿Qué mandamiento es el primero de todos?". 29 Respondió Jesús: "El primero es: ‘Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: 30 amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser'. 31 El segundo es este: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo'. No hay mandamiento mayor que éstos". 32 El escriba replicó: "Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de Él; 33 y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios". 34 Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: "No estás lejos del Reino de Dios". Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas (Mc 12, 28-34).

I - CREADOS PARA AMAR

En cierta ocasión, el Santo Cura de Ars, a quien la Iglesia lo presenta como modelo para los sacerdotes, empezó a llorar mientras estaba regresando del pueblo francés de Savigneux. Algún tiempo después, reveló en un sermón el motivo de su llanto: "Volvía de Savigneux. Los pajaritos cantaban en el bosque, y me puse a llorar. Pobres animalitos, pensaba yo, Dios os creó para cantar y vosotros cantáis... ¡El hombre que fue hecho para amar a Dios no lo ama!".1

Gran parte de la vida de San Juan Bautista María Vianney transcurrió en el siglo XIX, cuyas circunstancias históricas hacen comprensible su tristeza. Pero si estuviese hoy entre nosotros, tal vez no consiguiese enjugar una lágrima sin derramar otra, porque, mucho más que en aquella época, los hombres de nuestros días no aman a Dios. Sin embargo, en eso consiste el primer mandamiento, que sintetiza todos los demás, como Nuestro Señor Jesucristo nos enseña en el trigésimo primer domingo del Tiempo Ordinario.

II - EL PRIMER MANDAMIENTO

San Marcos Evangelista Basílica de San Marcos, Venecia
San Marcos Evangelista
Basílica de San Marcos, Venecia
De acuerdo con la narración de los sinópticos, las disputas entre el divino Maestro y sus enemigos llegaron al auge en vísperas de la Pasión. San Marcos relata la sucesión de invectivas promovidas por los príncipes de los sacerdotes, escribas y ancianos, fariseos y herodianos, y finalmente por los saduceos (cf. Mc 11, 27-12, 27). Estos últimos, que no admitían la resurrección de los muertos, le preguntaron con quién estaría, post mortem, una mujer que hubiese tenido siete maridos. La respuesta de Jesús mostró el error en que incurrían, porque negaban la resurrección y consideraban la vida futura de un modo materialista. A pesar del odio que los fariseos sentían por Cristo, les causó no pequeña satisfacción comprobar que había dejado a sus interlocutores con la boca cerrada, pues la resurrección era uno de los puntos de divergencia entre ambas sectas.

¿Buena intención manchada por la vanidad humana?

En aquel tiempo, 28 un escriba que oyó la discusión, viendo lo acertado de la respuesta, se acercó y le preguntó: "¿Qué mandamiento es el primero de todos?".

En la actitud de ese doctor de la ley -también fariseo (cf. Mt 22, 34-35a)-, dentro del contexto arriba referido, se percibe que fue a hablar con el Señor, tal como lo describe San Marcos, demostrando cierta rectitud de alma y buenas intenciones. El motivo real de su pregunta, sin embargo, es discutible: ¿euforia incontenida por la victoria de Jesús? ¿Deseo de llamar la atención sobre sí y de competir con Él por pura vanagloria, ostentando sus conocimientos sobre las Escrituras? San Mateo afirma que interrogó al Maestro para "tentarle" (cf. Mt 22, 35b), palabra que "no siempre ha de ser interpretada en mal sentido, ya que el verbo puede tener el sentido, v. gr., de probar para saber".2

Una ley eterna

29 Respondió Jesús: "El primero es: ‘Escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor: 30 amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente, con todo tu ser'".

Jesucristo responde de forma directa y amable, proponiendo ya de entrada el primer mandamiento, tal como era entendido por el pueblo judío, o sea, un punto que era aceptado sin la menor discusión: Dios debe ser amado sobre todas las cosas.

Se trata de uno de los preceptos entregados a Moisés en el monte Sinaí, quien lo trasmitió al pueblo, como narra la primera lectura (Dt 6, 2 6) de este domingo; su origen, no obstante, es eterno, pues existe en el seno de la Santísima Trinidad desde antes de la Creación del mundo. El Padre y el Hijo, al contemplarse mutuamente, se aman con un amor tan rico y tan fecundo que de Ellos procede una tercera Persona, igual a ambos: el Espíritu Santo. Por la benevolencia divina, esa ley fue ampliada, abarcando no sólo a los pajaritos que, cantando, conmovieron al Cura de Ars, sino también a nosotros, los hombres. "Nosotros amemos a Dios, porque Él nos amó primero" (1 Jn 4, 19). Sí, nuestra caridad no es más que una restitución por los innumerables favores que de su bondad recibimos. Como Creador, nos dio el ser, nos mantiene y nos mantendrá para siempre; como Redentor, nos salvó, encarnándose y sufriendo los tormentos de la Pasión; como Padre, quiso introducir en nosotros la vida divina "para llamarnos hijos de Dios" (1 Jn 3, 1). ¡Él es nuestra bienaventuranza! El Bien por excelencia, el Bien sustancial, el Bien en esencia es Dios. Por lo tanto, es en la adhesión total a Él, por la práctica de ese mandamiento -y no en los gozos terrenos e incompletos-, donde encontramos la plena felicidad.

El "único Señor"

Si Dios es "el único Señor", no nos es permitido tener otro además de Él. Sin embargo, quien se apega a una criatura -sea un bolígrafo, una almohada, una persona...- erige otro señor que no es el Dios verdadero, "porque uno es esclavo de aquello que lo domina" (2 Pe 2, 19). Esto representa una falta contra el primer mandamiento de la Ley de Dios que debe ser declarada en el confesionario. De hecho, tal precepto se transgrede con más facilidad de lo que se piensa: basta amar algo con mayor intensidad que a Dios. ¿Cuántos saben en profundidad lo que es amar a Dios sobre todas las cosas? No existe actividad humana que pueda ser realizada sin estar regida por esa ley.

"Con todo tu corazón, con toda tu alma"

Predicación de San Felipe Neri Iglesia de San Abundio, Cremona (Italia)
Predicación de San Felipe Neri
Iglesia de San Abundio, Cremona (Italia)
Afirma San Juan de la Cruz que "Dios no pone su gracia y amor en el alma sino según la voluntad y amor del alma".3 Por eso es necesario amarlo con todo el corazón -y no solamente con una parte-, colocándolo en el centro de nuestras atenciones, de nuestro fervor, de nuestro entusiasmo y de nuestras preocupaciones. "Ese ‘con todo' no admite ninguna división. Porque lo que de tu amor emplees para las cosas inferiores, es lo que te faltará para el ‘todo' ",4 comenta San Basilio Magno.

En el lenguaje habitual el corazón simboliza el amor. Entre los órganos humanos es el más sensible a las emociones y constituye la fuente de donde brota la caridad. El Apóstol de Roma, San Felipe Neri, en cierta ocasión en la que rezaba, notó que estaba siendo penetrado por una esfera de fuego que le produjo en el pecho una protuberancia del tamaño de un puño, la cual permaneció allí durante el resto de su vida y, según revelaría su autopsia, le quebró dos costillas. Su corazón había sido invadido por un amor a Dios tan impetuoso que, con frecuencia el santo se veía obligado a descubrirse el pecho para no ser consumido por el ardor que lo abrasaba, temiendo morir de gozo. Muchos de sus contemporáneos declaran haber sentido ese calor y hasta haber oído las fuertes palpitaciones de su corazón.5 Un don místico tan particular es símbolo del arrebatado amor que todo cristiano debe abrigar en su corazón. Tal amor debe ser al mismo tiempo afectivo, o sea, un acto de la voluntad que tiende a Dios de manera directa e inmediata, y efectivo, reflejándose en el ejercicio de las virtudes cristianas y en la obediencia a los Mandamientos, como enseñó el divino Maestro: "El que me ama guardará mi palabra" (Jn 14, 23). En sentido contrario, San Juan Evangelista es categórico cuando declara: "Si alguno ama al mundo, no está en él el amor del Padre" (1 Jn 2, 15). Por consiguiente, amar "con todo tu corazón" significa desprenderse de cualquier aprecio egoísta y tener las intenciones puestas con exclusividad en Dios, haciendo todo por Él y para Él. Así será nuestro amor en el Cielo, donde veremos a Dios cara a cara y estaremos absortos en su infinita grandeza.

¿Cómo amarlo, además, con toda el alma? Sabemos que el alma posee varias facultades -como inteligencia, voluntad, memoria- con las que podemos dirigirnos a Dios. Para practicar la caridad es indispensable que mantengamos nuestra alma siempre en estado de gracia, apartándonos de aquello que nos pueda llevar a romper con Dios, es decir, permaneciendo vigilantes a fin de evitar las ocasiones de pecado. Necesitamos, además, crear a nuestro alrededor un clima sobrenatural propicio para que estas potencias, divinizadas por las virtudes y por los dones del Espíritu Santo, se desarrollen y nos unamos así cada vez más a Dios.

"Con toda tu mente, con todo tu ser"

Santo Tomás de Aquino6 explica que el entendimiento es la potencia que nos permite el conocimiento de la verdad. Ahora bien, siendo Dios la Verdad absoluta, la finalidad del entendimiento es conocer a Dios tanto como sea posible en este mundo, con vistas a la eternidad, conforme la afirmación del Señor: "Esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, único Dios verdadero, y a tu enviado, Jesucristo" (Jn 17, 3). Desde este prisma, la fe y el entendimiento se armonizan sin dicotomías. Mientras la inteligencia da el sustento racional para adherirse al objeto de la fe, ésta sublima a aquella, haciéndola volar como un águila. De este modo, la razón iluminada por la virtud de la fe es un instrumento para que crezcamos en la caridad y nos preparemos para contemplar a Dios en su propia luz en el Cielo, donde la fe se transformará en visión. Será difícil encontrar un mejor modelo de esto que en el propio Doctor Angélico. Sin nunca ensoberbecerse, utilizó su inteligencia -tal vez la más luminosa que hayan contemplado los siglos- para la búsqueda constante de aquella Verdad en esencia, fin único de su vasta obra, que mereció de un Papa el siguiente elogio: "su doctrina no pudo existir sin un milagro".7 Y esa genialidad intelectual no fue obstáculo para que conservase íntegra su inocencia bautismal, hasta tal punto que el sacerdote que lo atendió en confesión general en el lecho de muerte declaró haberlo encontrado "tan puro como un niño de cinco años".8

Y ¿cuál es la fuerza con que nos es exigido amar? La respuesta nos la da el divino Redentor: "Como el Padre me ha amado, así os he amado yo" (Jn 15, 9). Si Él nos amó hasta el extremo (cf. Jn 13, 1) y esa es la medida de su amor, recíprocamente el nuestro debe serlo sin medida, como enseña San Bernardo.9 El amor auténtico y puro existe cuando aquel que ama lo retribuye en la proporción del amor recibido. No nos basta alcanzar un determinado grado de caridad y permanecer en él estancados; nuestra meta ha de ser la que nos indica San Pablo: "que vuestro amor siga creciendo más y más" (Flp 1, 9).

La primacía del amor a Dios

A pesar de su importancia, ese mandamiento suele ser silenciado y relegado al olvido; y la idea de que el precepto más excelso y superior a todos es el amor al prójimo es la más difundida y extendida. Pero no hay duda de que el del amor a Dios es el más elevado y los otros proceden de él. Por eso es menester construir nuestras vidas en función de él, cuidando de que nuestras tareas nunca se sobrepongan al amor a Dios, sin que nos auxilien a servir mejor y a alabar a aquel que nos redimió derramando su sangre por nosotros. Cualquier esfuerzo que no esté dominado por ese propósito, incluso en el campo del apostolado, será vano. San Antonio María Claret10 comparaba el amor a Dios con el fuego de la pólvora que empuja la bala de un fusil para alcanzar su objetivo. Sin ese fuego, el proyectil carece de utilidad. Así también, las palabras doctas no tendrán fruto si no salen de un corazón abrasado. "A la tarde te examinarán en el amor".11 dice San Juan de la Cruz. En efecto, el día del Juicio el Señor nos preguntará: "¿Qué es lo que amaste? Si fue a mí, te está reservado mi Reino; si fue lo contrario de mí, te espera el Infierno". En suma, todo se reduce a la caridad. Siempre que la practiquemos con perfección o, pese a nuestras miserias, por lo menos pongamos empeño de nuestra parte, Dios nos tratará con especial benevolencia.

III - EL SEGUNDO MANDAMIENTO

Al final de cada día de la Creación, Dios vio que su obra era buena y, el séptimo, al contemplar su totalidad concluyó que era óptima. Esta distinción nos muestra que el conjunto le da más alegría que una persona considerada individualmente. Su intención cuando creó al hombre no fue hacerlo anacoreta del desierto -salvo en raras excepciones-, sino que viviese en sociedad, como se desprende de las palabras del Génesis: "No es bueno que el hombre esté solo" (2, 18).

Por tal razón, al indicarnos cuál es el mayor de los Mandamientos, Jesucristo no está separando el amor a Dios del amor al prójimo: "estos dos mandamientos se refieren uno al otro, y pueden traducirse uno por otro recíprocamente, puesto que el que ama a Dios ama sus obras, y debe por consiguiente amar a todos los hombres".12 El amor a Dios nunca será verdadero si no se prolonga en amor al prójimo, como afirma San Juan: "quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve" (1 Jn 4, 20). El Salvador conjuga estos amores para demostrarnos cómo ambos constituyen lo que hay de más alto en la ley divina.

¿Quién era el prójimo para un israelita?

31 "El segundo es este: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo'. No hay mandamiento mayor que éstos".

San Antonio María Claret fotografiado en 1860 por encargo de la reina Isabel II
San Antonio María Claret fotografiado en
1860 por encargo de la reina Isabel II.
Aunque el Maestro hiciese referencia a un conocido pasaje de la ley (cf. Lev 19, 18), el hecho de darle tanta importancia al amor al prójimo sonaba a novedad. Para sus oyentes, esta segunda parte no sintetizaba los demás Mandamientos tan bien como la primera, porque las relaciones humanas eran entendidas por el pueblo elegido según criterios muy restringidos. Una de las dificultades estaba en el concepto de prójimo, como se puede percibir por la pregunta de otro doctor de la ley a quien Jesús le respondió contando la parábola del buen samaritano (cf. Lc 10, 25 37).

Entre los judíos existía un equívoco en la forma de considerar al prójimo, cuyo origen se remonta a la época de su llegada a la tierra prometida. Antes de introducir al pueblo en Canaán, Dios había hecho un pacto con Moisés, ordenándoles que expulsasen a todos los paganos que allí habitaban y prohibiéndoles establecer cualquier tipo de alianza con ellos (cf. Núm 33, 50-56). Sucedió, sin embargo, que al darse cuenta de los beneficios materiales que podían obtener de los ocupantes de aquella región, incumplieron el juramento y se unieron a los idólatras (cf. Jue 1, 27-35). Como castigo, un ángel reunió a los hebreos en un lugar que llamaron Boquín -que quiere decir "los que lloran"- y les anunció que serían esclavizados por aquellos mismos pueblos (cf. Jue 2, 1-5).

Todo eso contribuyó a que los israelitas se formasen una idea muy limitada de quién era el prójimo: sólo los hijos de la nación elegida. Los extranjeros eran considerados como criaturas destinadas al Infierno, a no ser que adoptasen la religión de Israel y se sometiesen a sus rituales. Solamente en este caso serían admitidos, y aun con reservas, como los más lejanos entre los prójimos.

Un mandamiento antiguo, con una visión nueva

Jesús universalizaba la noción de prójimo con algo inédito que no abolía la legislación en vigor -tan frecuentemente inobservada-, sino que la completaba y la llevaba a la perfección. Frente a aquellos hombres de costumbres bárbaras, cuyo trato se basaba en una catarata de desprecio, Él indicaba una medida de amor muy superior a la Ley mosaica, como anunciaría más tarde: "Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros; como yo os he amado, amaos también unos a otros" (Jn 13, 34). Amor éste que sólo es posible con el auxilio de la gracia y no por el esfuerzo humano. Debemos, pues, dar, dar de sí, darse totalmente y, si fuese necesario, entregar la vida a imitación de Jesucristo, para que nuestro hermano reciba todos los beneficios de la Redención y se salve. Es una perspectiva nueva no sólo para la época de Jesús, sino también para nosotros que, aunque hayamos nacido en el régimen de la gracia, fuimos concebidos en el pecado original y tenemos la tendencia de delimitar nuestro amor según los criterios de la Ley antigua.

Entre los innumerables episodios de la Historia de la Iglesia que dejan claro este principio, es muy elocuente el del presbítero Sapricio, en el siglo III. Estando a punto de obtener la corona del martirio, durante la violenta persecución de Valeriano, se negaba una y otra vez a perdonar a su discípulo Nicéforo, con quien se había enemistado gravemente hacía algún tiempo. Ya con la cabeza en el cepo para ser cortada por el verdugo, su orgullo fue más fuerte y Sapricio renegó de la fe quemando incienso a los ídolos, mientras Nicéforo era sacrificado en su lugar.13 A quien había cerrado su corazón ante un hermano que, en la hora suprema, le imploraba con humildad la reconciliación, de nada le sirvió un pretendido amor a Dios.

El ejemplo de Cristo: amor al Padre y amor a nosotros

A la luz de la declaración del divino Maestro y de casos como el precedente podemos comprender la verticalidad y la horizontalidad de la ley del amor. Desde este prisma, la Santa Cruz es la figura que sintetiza la lección de esta liturgia. La cruz está formada por un madero vertical, que representa las potencias de nuestra alma concentradas en Dios, por encima de todas las cosas, y otro horizontal, símbolo del amor al prójimo como a nosotros mismos -prolongamiento del amor a Dios- y del llamamiento para sacralizar la sociedad, a fin de que se realice lo pedido reiteradamente por la Iglesia militante desde hace dos mil años: "Ven ga a nosotros tu Reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el Cielo" (Mt 6, 10).

IV - ENTENDÍA QUE DEBÍA AMAR, PERO... ¿AMABA?

32 El escriba replicó: "Muy bien, Maestro, sin duda tienes razón cuando dices que el Señor es uno solo y no hay otro fuera de Él; 33 y que amarlo con todo el corazón, con todo el entendimiento y con todo el ser, y amar al prójimo como a uno mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios".

La exclamación del legista denota su interés y buena voluntad para aceptar las enseñanzas de Cristo, así como su asombro por la respuesta, pues no sabría interpretar este precepto mosaico con tal precisión. Repite lo que el Señor había dicho y añade que amar a Dios y al prójimo "vale más que todos los holocaustos y sacrificios". Como afirma San Beda, "su sentencia es propia del Nuevo Testamento y de la perfección evangélica",14 y defiende una auténtica tesis cristiana, inimaginable frente a la mentalidad y a las costumbres de los fariseos. En efecto, ellos mentían, robaban, cometían toda especie de delitos y juzgaban que ofrecer una víctima era suficiente para limpiar esas faltas, porque el sacrificio superaba todos los demás actos. En este sentido, el maestro de la ley había dado un gran paso, pero aún debía dar otro más importante.

La inteligencia nos deja a las puertas del Reino de Dios

34a Jesús, viendo que había respondido sensatamente, le dijo: "No estás lejos del Reino de Dios".

Las palabras de Cristo son contadas, pesadas y medidas, objetivas y con un significado exacto. No dijo que había llegado al Reino de Dios, sino que el escriba estaba cerca de él. Había respondido "sensatamente", porque era capaz de discurrir con facilidad sobre el primer mandamiento y tenía muy clara toda la teoría al respecto, pero carecía de espíritu sobrenatural. La buena doctrina, de hecho, es una ayuda preciosa -de un valor absoluto al estar fundamentada en la Palabra de Dios- y no puede ser despreciada. Sin embargo, no es suficiente conocerla... Y siempre que los hombres se basan en el simple raciocinio y no buscan la sabiduría procedente del amor puro e íntegro, surgen las herejías.

La inteligencia, por lo tanto, no le bastó al maestro de la ley; sus capacidades naturales habían alcanzado el límite máximo. ¿Qué le faltaba? La virtud de la caridad perfeccionada por el don de sabiduría. Adquirir vastos conocimientos, por la recta aplicación de la inteligencia, es algo excelente que nos aproxima al Reino de los Cielos; no obstante, en éste sólo entra quien ama y vive aquello que aprendió, como prescribe el mandamiento que citó de memoria el fariseo. Cuando durante una prédica le anunciaron a Jesús que su madre y sus hermanos estaban afuera y deseaban verlo, Él respondió: "Mi madre y mis hermanos son éstos: los que escuchan la Palabra de Dios y la cumplen" (Lc 8, 21).

Aquel maestro de la ley estaba siendo invitado, entonces, a abandonar los conceptos farisaicos y a aceptar a Nuestro Señor Jesucristo como personificación de la ley y el cumplimiento de las profecías, reconociéndolo como su Creador y Redentor, el propio Dios encarnado. La aplicación concreta que le faltaba a aquel hombre era el decir con fe: "Debo amarte, Señor, con toda mi inteligencia, con toda la fuerza de mi voluntad, con toda mi sensibilidad. Y si enseñas que debo amar a mi prójimo como a mí mismo, mi obligación es amarte mucho más que a mí mismo y servirte". Actuando así, hablaría no sólo con la inteligencia, sino con el corazón, practicaría el primer mandamiento y estaría en posesión del Reino.

El Señor hace callar a sus adversarios

34b Y nadie se atrevió a hacerle más preguntas.

Este diálogo cierra la secuencia de discusiones recogidas por San Marcos, de las cuales Jesús salió victorioso sobre todos sus adversarios. Habían comprobado que el divino Maestro era invencible y se habían convencido de que solamente por otros medios alcanzarían el objetivo de silenciarlo. "Porque habían sido refutados con las palabras, no preguntan más, pero lo prenden descaradamente y lo entregan al poder de los romanos",15 concluye San Beda.

V - ¿CONOCER O AMAR?

Cristo crucificado - Casa Santo Domingo, Nova Friburgo (Brasil)
Cristo crucificado - Casa Santo Domingo,Nova Friburgo (Brasil)
Santo Tomás16 demuestra que la inteligencia y la voluntad tienen movimientos contrarios: mientras que la primera trae hacia sí al objeto conocido, la segunda vuela rumbo a la cosa amada. Al entender algo que es inferior a nosotros mismos, le conferimos un valor mayor del que en realidad tiene. Por ejemplo, si analizamos una mariquita y notamos las relaciones existentes entre ella, el orden del universo y Dios, y desarrollamos una filosofía sobre ella, atribuyéndole cualidades que, absolutamente hablando, tal vez no posea, la mariquita se enriquece en nuestra mente. En sentido opuesto, al intentar comprender lo que, de por sí, es superior a nosotros -un santo varón, un personaje lleno de sabiduría, etc.-, acabamos disminuyéndolo, para tratar de encajarlo en nuestro intelecto.

Como la voluntad, a su vez, realiza la trayectoria inversa y se inclina hasta el objeto tal cual él es, cuando se trata de algo menor que nosotros, se empobrece; sin embargo, ante lo que es más elevado, se dilata. Sobre todo si amamos a la Virgen y a Dios, nuestra voluntad asume proporciones extraordinarias. He aquí el secreto de la fuerza de los grandes hombres, capaces de sublimes actos de heroísmo: aman verdaderamente.

El amor es más importante, pero no desdeñemos la inteligencia

¡Conocimiento y amor! Dos alas que deben estar bien ajustadas y cultivadas para que logremos volar en el firmamento de la santidad. Según las reglas del paracaidismo, en la caída libre es indispensable mantener los brazos abiertos y firmes para obtener estabilidad, porque basta cerrar uno de los dos miembros para que el cuerpo gire y pierda el equilibrio. Esto es lo que sucede en la vida espiritual cuando intentamos volar únicamente con un ala.

Todos nosotros tenemos la obligación de estudiar y de llevar la inteligencia hasta dónde ésta alcance, según la medida de cada uno. Este empeño, sin embargo, tiene que estar acompañado por un amor a Dios con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente y con todo el ser, adecuando la vida a la doctrina aprendida y procurando ejercitarnos al máximo en la virtud. Para un católico, los Mandamientos son como una escalera mecánica, cuyos diez peldaños lo conducen, con amor, a la perfección. Ahora bien, eso sólo es posible con el impulso de la gracia, con la asistencia de Nuestro Señor Jesucristo y en unión con María Santísima. En ellos está nuestra fuerza, en ellos debemos poner nuestra certeza, en ellos encontraremos los elementos y el equilibrio necesarios para entender y para amar. ¡Tengamos una correspondencia llena de luz y de sustancia para darles toda la gloria, honor y alabanza que merecen!

 

1 TROCHU, Francis. O Cura d'Ars. São João Batista Maria Vianney. 2.ª ed. Petrópolis: Vozes, 1959, p. 451.
2 TUYA, OP, Manuel de. Biblia Comentada. Evangelios. Madrid: BAC, 1964, v. V, p. 490.
3 SAN JUAN DE LA CRUZ. Cántico espiritual. C. XIII, n.º 12. In: Vida y Obras. 5.ª ed. Madrid: BAC, 1964, p. 663.
4 SAN BASILIO MAGNO. Homilia in psalmum LXIV. C. II: PG 29, 392.
5 Cf. MAYNARD, Theodore. Il buffone di Dio. Vita di San Filippo Neri. Genova-Milano: Marietti, 2011, pp. 50-51.
6 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. II-II, q. 2, a. 1; a. 3.
7 TOCCO, Guillaume de. L'histoire de Saint Thomas d'Aquin. Paris: Du Cerf, 2005, p. 145.
8 Ídem, p. 126.
9 Cf. SAN BERNARDO. Tratado sobre el amor a Dios. C. VI, n.º 16. In: Obras Completas. 2.ª ed. Madrid: BAC, 1993, v. I, p. 323.
10 Cf. SAN ANTONIO MARÍA CLARET. Autobiografía. P. II, c. 30, n.os 438-441. In: Escritos autobiográficos. 2.ª ed. Madrid: BAC, 1981, pp. 259-260.
11 SAN JUAN DE LA CRUZ. Dichos de Luz y Amor, n.º 59. In: Vida y Obras, op. cit., p. 963.
12 TEOFILATO, apud SANTO TOMÁS DE AQUINO. Catena Aurea. In Marcum, c. XII, vv. 28-34.
13 Cf. BERNET, Anne. Les chrétiens dans l'Empire Romain. Des persécutions à la conversion. Ier- IVe siècle. Paris: Perrin, 2003, pp. 384-385.
14 SAN BEDA. In Marci Evangelium Expositio. L. III, c. 12: PL 92, 256.
15 Ídem, ibídem.
16 Cf. SANTO TOMÁS DE AQUINO. Suma Teológica. II-II, q. 23, a. 6, ad 1; I, q. 108, a. 6, ad 3.

 

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