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Cuentos para niños

Lágrimas que movieron a Jesús

Publicado 2018/11/27
Autor : Hna. Gabriela Victoria Silva Tejada, EP

Mónica confiaba completamente en el Sagrado Corazón de Jesús, le exponía todos sus problemas y Él siempre la atendía con entera solicitud. No obstante, parecía que una de sus peticiones no era escuchada: la conversión de su propio padre...

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Siglos después de que Santa Mónica hubiera derramado copiosas lágrimas por la conversión del gran San Agustín, otra Mónica regaba con su llanto el suelo de una aldea cercana a Milán. Pero en esta ocasión no se trataba de una madre que lloraba por un hijo descarriado, sino de una hija afligida, cariñosa y vigilante que temía por la salvación de su padre.

Mónica rezaba día y noche a los pies del divino Redentor
Mónica rezaba día y noche a
los pies del divino Redentor.
Esta buena niña era la mayor de cinco hermanos. Desde hacía unos años cuidaba de los más pequeños prácticamente ella sola, pues su madre había muerto de forma repentina poco después del nacimiento del benjamín de la familia, y su padre, Arturo, había contraído una grave enfermedad que lo mantenía postrado en cama.

Desde tierna edad Mónica confiaba plenamente en el Sagrado Corazón de Jesús, le exponía todos sus problemas y siempre esperaba de Él las mejores soluciones. Tenía una bella imagencita que se la había regalado su madre poco antes de fallecer y ante ella rezaba día y noche, ya que el divino Redentor, en su infinita bondad, la atendía con entera solicitud. Sin embargo, parecía que una de sus peticiones no era escuchada: la conversión de su padre...

Cuando cayó enfermo, Mónica también tuvo que encargarse de él y le acompañaba horas y horas junto a su lecho. Mientras iban transcurriendo los días su salud empeoraba y su muerte se sentía cercana. Y su hija se encontraba ante la terrible situación de que veía que no estaba preparado para presentarse dignamente ante el divino Juez.

Por sus actitudes y comentarios percibía que la rebeldía se había apoderado del corazón de Arturo ante la pérdida de su esposa y por el hecho de sentirse inválido aún en la lozanía de su madurez. La muerte se aproximaba y no mostraba ningún sentimiento religioso; esto la hacía llorar desconsoladamente todas las noches, y le suplicaba al bondadosísimo Jesús que convirtiera, con urgencia, a su pobre padre.

Además, hacía un esfuerzo enorme para que él no notara su aflicción, de lo contrario su malestar empeoraría y, por consiguiente, el momento de rendir cuentas al Justo Señor llegaría con más rapidez de lo deseado, acortándose el plazo disponible para obtener de Jesús el milagro que tanto anhelaba.

No obstante, con el paso del tiempo, el obstinado enfermo, al ver los ojos de su entrañable hija algo hinchados, y avisado por su hijo más pequeño de que su hermana seencontraba muy preocupada por él, le preguntó:

-Me he fijado que lloras con mucha frecuencia. ¿Cuál es la razón de tanto llanto? ¿Qué te preocupa, hija mía?
-Papá, lo que me lleva a derramar tantas lágrimas es pensar que tendremos que separarnos y nunca más nos veremos.
-¡Anda! Hay que tener paciencia -objetaba el optimista Arturo-, la separación no será definitiva, pues en el otro mundo nos
volveremos a ver.

Al darse cuenta de la oportunidad que el Sagrado Corazón de Jesús le estaba dando para conmover el corazón de su padre, Mónica no dudó en responderle con seriedad y profunda tristeza:

-¡Oh, no! ¡Jamás nos veremos! Sorprendido por la convencida respuesta de la joven, le replicó:
-Sí, hija, que nos veremos; que sí. ¿Por qué no?
-Que no, papá. Porque si mueres en el estado en que estás, en enemistad con Dios, con certeza que irás al Infierno. ¡Y yo quiero ir al Cielo! Y no quiero verte en el Infierno, sino en el Cielo.

Ahora el que lloraba era Arturo; sin duda que su esposa estaría pidiendo por él desde la eternidad
Ahora el que lloraba era Arturo; sin duda que su
esposa estaría pidiendo por él desde la eternidad
Al oír tales palabras, tan llenas de dolor y afecto por parte de su hija, Arturo entendió que no podría continuar impenitente. Percibió que tenía una concepción superficial de la vida y que, a lo largo de los años, especialmente tras el fallecimiento de su esposa y su enfermedad, se había ido alejando de Dios, viviendo en rebelión y como si Él no existiera, por haberle pedido un doloroso sufrimiento. Había olvidado que a los que el Señor más ama, les manda pesadas cruces para hacerles partícipes del sacrificio redentor de su Hijo unigénito en lo alto del Calvario.

Sin duda que su virtuosa esposa, que tan piadosa era en esta vida y por quien sentía tanta falta, estaría pidiendo por él desde la eternidad.

¡Ahora el que lloraba era Arturo! Con el alma contrita y arrepentida le dijo a Mónica:

-Mi querida hijita, te pido que llames al P. Alberico. ¡Tu padre ya ve cuán apartado está de Dios y de su gracia! La vida es demasiado seria y sé que en breve he de entregarle mi alma. Quiero confesarme, pues estoy muy arrepentido y espero, por su divina misericordia, que perdone mi terquedad y mi pecado.

¡Arturo correspondía a la gracia conquistada por las inocentes lágrimas de su hija!

-Y, por favor, dile también que me traiga el viático y me de la Unción de los Enfermos. Sé que no lo merezco, pero la Iglesia es Madre, sobre todo de un hijo pródigo...
Presurosa, Mónica le pidió a su hermano Marcelo que fuera a la parroquia y llamara al P. Alberico, avisándole de que su padre estaba pidiendo los sacramentos y no se podía dejar pasar el momento en que la gracia actuaba con tanta intensidad sobre él.

Enseguida llegó el sacerdote y Arturo confesó compungido, comulgó y recibió con gran devoción la Unción de los Enfermos.

Emocionado por la bondad del P. Alberico y por la presteza con la que le había atendido, le dijo cuando se marchaba:

-Mi buen padre, ¡le agradezco mucho su caridad! Si usted, que es un ministro de Dios, es tan bondadoso y misericordioso, ¡cuánto no lo será Él realmente! El P. Alberico le instó a que tuviera mucha confianza y le prometió que rezaría por sus intenciones ante el altar.

Tan sólo había transcurrido una semana y la salud de Arturo se agravó y murió serenamente, entregándose en los brazos de aquel que no puede dejar de compadecerse de los miserables y que encuentra su mayor alegría en acoger a un pecador arrepentido de veras. El Sagrado Corazón, movido por las lágrimas de su hija, no se había olvidado de él y lo recibía en la eternidad con indecible amor. 

 

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