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Historias de santos

San Clemente Romano: Sólido baluarte de la Santa Iglesia

Publicado 2018/11/23
Autor : P. Luis Alberto Blanco Cortés, EP

En todas las etapas de la Historia los infiernos emprendieron terribles embestidas contra la Esposa de Cristo, pero hubo también, en cada período, almas especialmente llamadas, cuya perseverancia y fidelidad sirvieron de instrumento para la realización...

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Una agradable brisa acariciaba los árboles, cuyas hojas ya estaban empezando a caerse, y la tenue luz del crepúsculo
San Clemente Romano
San Clemente Romano
bañaba con delicadeza la imponente mansión de estilo romano que se erguía en el centro del jardín. En el interior de la casa, sin embargo, el clima no acompañaba el frescor y la levedad del atardecer. No era difícil de entrever que había ocurrido algo diferente a lo deseado: un hombre, que andaba de un lado a otro con visible impaciencia, parecía no saber exactamente qué rumbo tomar.

Con los labios semicerrados, pronunciaba palabras casi incomprensibles:

-¿Qué manera será la mejor?... ¿Cómo lo hago?...

Se pasaba la mano por la cabeza, mientras recordaba los episodios de la mañana. Su mirada se encendía por el odio que se reavivaba con tales pensamientos y sus pasos inquietos volvían a sucederse. Ausidiano -así se llamaba nuestro personaje- había sido enviado de la Capital del orbe al Quersoneso Táurico, actual Crimea, por el emperador Trajano. ¿Para qué? En esa región existía una cantera, de la cual se extraía mármol. Y a fin de garantizar la mano de obra habían sido deportadas allí numerosas personas culpadas de un gran crimen para los conceptos de la época: ser cristiano. Uno de esos "criminales" era el que preocupaba a Ausidiano esa noche. Sí, el tal exiliado era el sumo pontífice, conocido más tarde como San Clemente Romano.

Impregnado del espíritu de Cristo

El origen de este santo varón está rodeado de misterio. Según algunos autores era de ilustre cuna, hijo del senador Faustiniano, pariente de los emperadores Vespasiano, Tito y Domiciano. Para otros, había nacido en el seno de una familia de esclavos, y liberado posteriormente. La condición de su nacimiento es indiferente para el caso, pues considerado con vistas sobrenaturales ambas versiones se armonizan: era pontífice de la Santa Iglesia, máxima dignidad a la que alguien puede ascender, habiendo sido liberado antes de la esclavitud del pecado por la Redención de Cristo.

San Ireneo afirma que había estado con los Apóstoles y que "mantenía viva en sus oídos su predicación y en sus ojos su tradición".1 Otros cronistas lo identifican con el que fue motivo de elogio en la carta de San Pablo a los filipenses: "Lucharon a mi lado por el Evangelio, con Clemente y los demás colaboradores míos, cuyos nombres están escritos en el libro de la vida" (Flp 4, 3).

Así, antes de sentarse en el Trono de Pedro, se comportaba como digno sucesor del Apóstol de las gentes en su celo y dedicación por la causa cristiana.

De tal modo estaba impregnado del espíritu de Cristo y por Él se había dejado asumir que su convicción y su ejemplo eran una constante invitación para seguir al Salvador. Numerosos paganos abrazaban la fe y los cristianos se lanzaban con generosidad en las estrechas vías de la perfección.

Una de esas almas fue la noble Flavia Domitila que, por intercesión de los santos Nereo y Aquiles, recibió de él el sagrado velo de la virginidad, sellando más tarde con su sangre esta valerosa entrega. Aunque es verdad que la gloria de San Clemente atravesó los siglos, sin embargo, muchos detalles de su vida no se conservaron. Lo cual no nos impide que de ella intentemos hacer un bosquejo e imaginemos, a partir de lo que pasó para la Historia, algunas escenas de su existencia, como la narrada al principio de este artículo.

Sucesor de Pedro en la Iglesia de Roma

San Clemente mantenía viva en sus oídos la predicación de los Apóstoles y su tradición

San Clemente mantenía viva en sus
oídos la predicación de los Apóstoles
y su tradición.

San Pedro y San Clemente - Basílica
de San Clemente.

Quien entra en contacto con la vida de ese santo y tiene conocimiento de que fue uno de los primeros sucesores de San Pedro podría preguntarse: ¿cómo habrá sido elegido? Para responder a esta cuestión, quizá valiera la pena dirigir la atención hacia la propia figura del Pescador, como lo describen los Evangelios.

Mientras lanzaba las redes en el lago de Genesaret, todo se le presentaba a Simón con la perspectiva común a los hombres de su tiempo. Inesperadamente el divino Maestro lo llama y hace de él el Príncipe de los Apóstoles, piedra sobre la cual sería erigida la Santa Iglesia. Jesús sube a los Cielos y continúa de algún modo presente en la tierra en la persona de su Vicario, que comienza la gran obra de conversión del mundo.

Los años iban pasando y veía cómo las palabras del Salvador se cumplían: se había hecho pescador de hombres (cf. Mt 4, 19) y apacentaba las ovejas del Señor (cf. Jn 21, 17).

Pero para llegar hasta ahí, ¡cuántos obstáculos, cuántas persecuciones y herejías, en fin, cuántas adversidades tuvo que enfrentar con ánimo fuerte! Transcurrido el tiempo, sentía que se acercaba el cumplimiento de la postrera profecía de Jesús: "cuando seas viejo, extenderás las manos, otro te ceñirá y te llevará adonde no quieras" (Jn 21, 18). Se avecinaba el día de su martirio y San Pedro no se preocupaba consigo, pues sabía que se reencontraría con aquel a quien tanto amaba y al que tanto ansiaba. No obstante, ¿qué sería de la Iglesia? Con su marcha, ¿quién la guardaría del error, la protegería en los peligros, la fortalecería en las dificultades? ¿Quién la guiaría hacia la perfección que Dios le había reservado?

Sus ojos, cargados de preocupación, recorrían uno a uno los fieles y se detuvieron en Clemente. Al contemplar su alma, Pedro pudo hacer suyas las palabras de Simeón -"Ahora, Señor, según tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz" (Lc 2, 29)-, porque había encontrado la respuesta a sus preocupaciones. El ardiente amor a Dios de aquel varón incendiaría toda la Iglesia, su prudencia y sabiduría la guardarían y, en su persona, el Señor continuaría guiándola.

La santidad del elegido fue el apoyo seguro para el holocausto del primer pontífice, la garantía de la perennidad de la Esposa Mística de Cristo. Una conjetura que se desprende de lo que narra Tertuliano,2 el cual afirma que fue San Pedro quien en la hora de su muerte escogió a San Clemente como su sucesor en el episcopado romano.

Pero Dios le habría exigido una prueba de amor desinteresado, pues quien asumió la Cátedra de Pedro, como lo registra la historia de los Papas sin revelar los motivos, fue Lino.

En su corazón no dominaba la ambición, el deseo de proyección o de mando. Por el contrario, puso en práctica lo que más tarde aconsejaría: "¿Quién entre vosotros es generoso, compasivo y lleno de caridad? Pues ese tal diga: ‘Si por mí existe escisión, contienda y bandos, yo me retiro. Me iré a donde queráis, y haré lo que me mande la comunidad, para que el rebaño de Cristo viva en paz con sus presbíteros constituidos' ".3

A Lino le sucedió Anacleto y sólo con la muerte de éste, finalmente, subió Clemente al solio pontificio, en torno al año 88 de la era cristiana.

Primer ejercicio del primado romano

Como buen pastor y padre, apacentaba el rebaño del Señor curando y también amonestando, para cumplir la enseñanza de las Escrituras: "Quien no usa la vara odia a su hijo, quien lo ama lo corrige a tiempo" (Prov 13, 24). Cuando alrededor del año 95 le llegó la noticia de que los miembros de la comunidad cristiana de Corinto, que ya habían sido objeto de las preocupaciones de San Pablo, seguían enfrentándose en constantes conflictos y divisiones, les dirigió la famosa carta que "constituye un primer ejercicio del primado romano después de la muerte de San Pedro".4

En las primeras líneas enuncia claramente el motivo de su misiva: "Ya no se anda según las directrices de sus preceptos, ni se comporta ya de manera digna de Cristo. Al contrario, cada uno anda según las pasiones de su mal corazón".5

A continuación, empleando mucha delicadeza y tacto, San Clemente se une a los esfuerzos de los corintios en el camino de la perfección: "Estamos en la misma arena y nos espera el mismo combate. Dejemos, por tanto, las preocupaciones vacías e inútiles y sigamos la norma gloriosa y veneranda de nuestra tradición. Veamos lo que es bueno, lo que agrada y lo que es aceptado ante aquel que nos ha creado.

Fijemos la mirada en la sangre de Cristo y comprendamos cómo es precioso a su Padre. Derramada por nuestra salvación, trajo al mundo la gracia del arrepentimiento".6

Una vez que indicó el error, trata de elevarles la mente mostrándoles la grandeza del llamamiento que Dios nos ha hecho; les da consejos y explicaciones de carácter práctico y los exhorta a la perseverancia en las adversidades.

Bellísima descripción de la identidad de la Iglesia

Sin embargo, la Carta a los corintios es, más que la solución a un problema concreto, una amplia y bellísima descripción de la identidad de la Iglesia naciente y de su misión. Porque, "si en Corinto ha habido abusos, observa San Clemente, el motivo hay que buscarlo en el debilitamiento de la caridad y de otras virtudes cristianas indispensables".7

Para alcanzar su objetivo, el pontífice "subraya que la Iglesia tiene una estructura sacramental y no una estructura política. La acción de Dios, que sale a nuestro encuentro en la liturgia, precede a nuestras decisiones y nuestras ideas. La Iglesia es, sobre todo, don de Dios y no creación nuestra; por eso, esta estructura sacramental no sólo garantiza el ordenamiento común, sino también la precedencia del don de Dios, que todos necesitamos".8

San Clemente muestra también que "formamos un cuerpo en Cristo y cómo en ese cuerpo debe reinar la unidad y no el desorden".9 Se presenta como un defensor de la jerarquía y del cumplimiento del deber y "no sólo admira la disciplina militar, sino que la propone como ejemplo a ser seguido en el interior de la comunidad".10

Exilado por orden del emperador

Quien contempla la dedicación y el cuidado dispensados por este Papa a la comunidad de Corinto tiende a imaginar que la Barca de Pedro singlaba, en la época, por un mar tranquilo y que el Vicario de Cristo no tenía otra preocupación más allá del progreso espiritual de sus ovejas.

Si bien la realidad era muy distinta. Tan pronto como concluye su saludo, en la mencionada Carta a los corintios, recuerda los tiempos difíciles en que vivían: "Hermanos, por las desgracias y adversidades imprevistas, que nos han ocurrido una y otra vez"...11

En efecto, tras la muerte del emperador Nerón, en el año 68, vino un tiempo de paz, que se prolongó durante el reinado de Vespasiano y el de Tito. No obstante, al subir Domiciano al trono, en el 81, se armó una nueva tempestad, porque el emperador pretendía hacerse adorar como dios por sus súbditos, a lo que los cristianos no podían someterse... Tal negativa, aumentada por una cuestión financiera, hizo renacer con vigor el odio de los paganos, y el clima de terror, persecución y muerte se restableció.

Pero a pesar de "la prohibición más rigurosa del cristianismo",12 éste continuaba robusteciéndose. En el año 98 Trajano asumió el gobierno del imperio, continuando la persecución de su predecesor. Ante aquellos que consideraban la perseverancia en la religión un crimen, San Clemente fue acusado "de sacrilegio, de impiedad, de desobediencia a los edictos imperiales y de blasfemia contra los dioses".13 Si con relación al común de los cristianos el sentimiento de antipatía era grande, éste se incrementó contra quien era considerado el alma y cabeza del cristianismo.

La única condición de libertad que el tribunal aceptaba era renegar de la fe y ofrecer sacrificios a los dioses. El santo pontífice se recusó a ello. Numerosos fueron los intentos para persuadirlo, pues su apostasía arrastraría a buena parte de la cristiandad. Todo en vano. Se mantenía inflexible. Por decreto imperial fue deportado al Quersoneso Táurico para trabajar en la cantera. Muchos fieles lo acompañaron voluntariamente en el infortunio.

El mal parecía que había vencido... Pero la realidad era muy distinta
El mal parecía que había vencido... Pero la realidad era muy distinta.

A la izquierda, San Clemente ante Ausidiano - Basílica de San Clemente, Roma.
A la derecha: hallazgo del cuerpo de San Clemente - Ilustración del Menologio de Basilio II, Biblioteca del Vaticano

Cuando el mal parecía el vencedor...

Lejos de verse intimidado, sacó de su exilio gran provecho para el cristianismo, pues, a la luz de los milagros que realizaba, el pueblo acudía en masa para verlo. Predicando a Jesucristo a los bárbaros, convertía a centenares de personas y les administraba el Bautismo. "Los ídolos fueron derribados; sus templos, demolidos; sus bosques, talados y, en el espacio de un año, se construyeron setenta y cinco iglesias en honor al verdadero Dios".14

Este fue el motivo que llevó a enviar allí a Ausidiano, con la orden de revertir la situación por medio de suplicios, y en estas circunstancias lo encontramos en la apertura de este artículo, preocupado con el tipo de muerte que le daría al romano pontífice... Finalmente, planeó un modo mediante el cual, pensaba él, que hasta el recuerdo del Santo Padre sería borrado: lo arrojaría al mar con un ancla sujeta al cuello para que los cristianos no pudieran recuperar su cuerpo y venerar sus reliquias, y acabarían olvidándose de él.

El mal parecía que había vencido... Pero la realidad era muy distinta. Poco tiempo después de su muerte, los discípulos de Clemente se unieron para pedirle a Dios que les revelara el paradero del cuerpo de su santo pastor. Durante la oración el mar se retiró y, acompañando a pie enjuto el movimiento de las aguas, encontraron "una pequeña capilla de mármol de una estructura admirable, construida por manos de ángeles, donde reposaba el cuerpo del santo mártir, y al lado el ancla que había sido el instrumento de su suplicio".15

Realización de la divina promesa

"Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder del infierno no la derrotará" (Mt 16, 18). Con estas palabras el divino Redentor firmaba la inmortalidad de su Esposa Mística y la promesa de su victoria ante las numerosas luchas, pruebas y contrariedades que habría de enfrentar. En todas las etapas históricas los infiernos emprendieron terribles embestidas contra la Iglesia, más o menos sutiles o violentas, en función de las circunstancias concretas; en cada período, no obstante, hubo también almas especialmente llamadas, cuya perseverancia y fidelidad sirvieron de instrumento para la realización de la divina promesa.

El tercer sucesor de Pedro fue uno de esos sólidos baluartes que marcan la historia de la Iglesia. Sobrevolando por encima de las sangrientas persecuciones, supo ser fiel transmisor del espíritu de Cristo, que había sorbido con ardiente fervor de San Pedro y de San Pablo. Corrigió el error, enseñó la verdadera doctrina, estimuló y fortaleció la virginidad, hizo brillar el orden y la jerarquía.

San Clemente Romano, en suma, hizo que la Iglesia venciera y creciera de modo admirable durante su pontificado. "Personas detestables, llenas de toda clase de maldad, tan encolerizadas en su furor" lo entregaron a torturas. Pero "el Altísimo es defensor y escudo de los que rinden culto, de conciencia pura, a su excelso nombre. [...] Los que aguantaron con confianza heredaron gloria y honor; fueron ensalzados, y Dios los inscribió en su memorial por los siglos de los siglos". 16 Tal vez su humildad no le permitiera al santo pontífice comprender lo mucho que estas palabras se aplicaban a quien las escribía. 

1 SAN IRENEO DE LYON. Adversus hæreses. L. III, c .3, n.º 3: PG 7, 849.
2 Cf. TERTULIANO. De præscriptionibus adversus hæreticos, c. XXXII: PL 2, 45.
3 SAN CLEMENTE ROMANO. Primeira Carta aos Coríntios, n.º 54. In: PADRES APOSTÓLICOS, 2.ª ed. São Paulo: Paulus, 2014, p. 40.
4 BENEDICTO XVI. Audiencia general, 7/3/2007.
5 SAN CLEMENTE ROMANO, op. cit., n.º 3, p. 20.
6 Ídem, n.º 7, pp. 21-22.
7 BENEDICTO XVI, op. cit. 
8 Ídem, ibídem.
9 PADRES APOSTÓLICOS, op. cit., p. 16.
10 Ídem, ibídem.
11 SAN CLEMENTE ROMANO, op. cit., n.º 1, p. 19.
12 LLORCA, Bernardino. Historia de la Iglesia Católica. Edad Antigua. 7.ª ed. Madrid: BAC, 1996, v. I, p. 187.
13 GUÉRIN, Paul. Les petits bollandistes. Vies des Saints. 7.ª ed. Paris: Bloud et Barral, 1876, v. XIII, p. 565.
14 Ídem, p. 566.
15 Ídem, pp. 566-567. Las reliquias del santo pontífice fueron trasladadas por San Cirilo a Roma, durante el pontificado de San Nicolás I (858-867), y depositadas en la basílica romana que lleva su nombre.
16 SAN CLEMENTE ROMANO, op. cit., n.º 45, p. 37.

 

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