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Historias de santos

Santa Virginia Centurione Bracelli - Alma contemplativa y seria, encanto de Dios Altísimo

Publicado 2018/12/15
Autor : Hna. Emelly Tainara Schnorr, EP

Si obtuvo éxitos en su vida apostólica, si alcanzó alto grado de santidad, fue debido a su íntima unión con el Cordero inmolado. La crucificada hizo suyo el espíritu del Crucificado, y Él se convirtió en su trono, su luz, su alegría, su felicidad.

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Nos encontramos a finales del siglo XVI. La coyuntura histórica está marcada por la impiedad y el ateísmo, por el apego al lujo y a las riquezas, por el pecado y la inmoralidad. La iglesia necesita de almas de fuego que con incansable celo renueven la faz de la tierra. Y entre el batallón de élite que la Providencia suscitó en ese período está Virginia Centurione Bracelli.

¿Fue ella principalmente la fundadora de una congregación religiosa? ¿Una víctima expiatoria? ¿Una ejemplar y caritativa dama de la sociedad? Hasta nuestros días aún no se ha definido con precisión la misión de esta singular bienaventurada, comparada por muchos de sus contemporáneos con otra gran santa que había vivido décadas antes en la misma ciudad: Catalina de Génova.

"¿Será un ángel?"

Diversos aspectos de la ciudad de Génova: Puerta Soprana, tumba de San Juan Bautista y fachada de la catedral de San Lorenzo
Mientras se multiplicaban los ayunos, las confesiones
y las procesiones con la reliquia de San Juan Bautista,
30 000 soldados enemigos se acercaban a Génova.

Diversos aspectos de la ciudad de Génova: Puerta Soprana,
tumba de San Juan Bautista y fachada de la catedral de
San Lorenzo

Virginia nació el 2 de abril de 1587. Pocos días después fue llevada a la pila bautismal, en donde el ministro sagrado parece haber discernido en su cándida frente el sello de los predestinados. "¿Será un ángel?", se preguntó al verla. Y, aunque no lo hiciera, pensó ponerle el nombre de alguno de los espíritus celestiales, en vez de Virginia.

Lelia Spínola, la madre de tan bendita niña, era una piadosa mujer. Se esmeró en educar a su hija en las vías de la virtud y de las relaciones con lo sobrenatural, y tuvo tanto éxito que la pequeña "a los 4 años ya rezaba admirablemente y, ocupada aún en el estudio del abecedario, ya sabía meditar en Jesús crucificado".1

Su hermano mayor, Francisco, empezó a recibir lecciones de latín cuando ella era todavía muy joven. Pero al ser demasiado caprichoso, su madre se veía obligada a estar pendiente de él durante las clases; mientras tanto Virginia permanecía junto a ellos cosiendo en la misma habitación. Al haber adquirido bastante habilidad en el manejo de la aguja y el hilo, trataba de prestar atención en esas lecciones, lo que le permitió aprender muy pronto la lengua de la Santa Iglesia. Antes incluso de cumplir los 10 años ya estaba estudiando, meditando y aprendiendo amplios pasajes de las Escrituras, especialmente de los Evangelios, con los cuales se familiarizó tanto que podía citarlos de memoria y hasta predicar sobre ellos.

Este hecho, entre otros muchos, confirma cómo aquella niña poseía un alma seria y contemplativa, y la alta vocación a la que había sido llamada. Sentía en sí un ardiente deseo de hacerse religiosa, pero sólo a su piadosa madre le confiaba sus infantiles anhelos. Ésta la comprendía y estimulaba, prometiéndole que llegado el momento la conduciría personalmente al convento. No obstante, falleció enseguida y dejó a la pequeña en las manos de su padre y de una madrastra, quienes la educarían de una manera bien diferente...

Por vías opuestas a los deseos de Dios

Virginia pertenecía a una noble familia de Génova. Su padre, Giorgio Centurione, ocupaba un alto cargo en la República y, al estar acostumbrado a guiarse en todo por criterios financieros y políticos, le costaba comprender la vocación religiosa de su hija, a quien pretendía unir en matrimonio con uno de los partidos más ricos de la ciudad.

La joven era dócil, generosa y tendente a la timidez. Con 15 años aún no poseía la suficiente firmeza de espíritu como para enfrentar la voluntad de su progenitor, ni contrarrestar las artimañas a las que éste recurría para someterla. Así pues, cuando le comunicó que ya tenía candidato y fecha para su boda, Virginia no pudo sino acatar la determinación paterna envuelta en un doloroso llanto.

El día señalado, antes de dirigirse a la iglesia, fue a despedirse del Crucificado ante el cual tanto rezaba pareciéndole oír que la quería toda para Él. En esta ocasión, no obstante, escuchó claramente de sus labios una severa reprensión: "Virginia, ¡me dejas por un hombre!".

Fue el inicio de un doloroso calvario. Dios deseaba transformar su débil índole de paloma en la de un intrépido león, dispuesto a luchar por la gloria de su causa. La angustia y la aflicción por haber traicionado el llamamiento divino, para recorrer vías tan opuestas a éste, no se apartaron de su espíritu. A esto se sumó el aparente abandono que el Cielo le hacía experimentar...

Cinco años de matrimonio

Su marido, Gaspar Bracelli, gastaba el tiempo en fiestas y ludopatía. En los largos días en que la dejaba sola en casa, Virginia encontraba consuelo ante su Buen Jesús. Le suplicaba que perdonase sus miserias, que la convirtiese en una hija sin mancha y que, finalmente, le ayudase a cumplir su misión.

Ahora bien, transcurridos cinco años de matrimonio, fruto del cual nacieron dos niñas -Lelia e Isabel-, Gaspar contrajo una tuberculosis que lo llevó a la muerte en pocos días. Virginia le obtuvo la gracia de recibir los últimos sacramentos y ya en paz con Dios entregó su alma. Giorgio Centurioni quiso aprovechar la situación para conseguir otro casamiento brillante para su hija. Sin embargo, cuando le presentó la propuesta recibió la más categórica de las negativas. Y como continuaba insistiendo con amenazas y lisonjas, Virginia se cortó sus hermosos cabellos en señal de rotura definitiva con el mundo y entrega perpetua en las manos de Dios.

En aquel período, el Señor había forjado el alma de la joven con el fuego del sufrimiento, dándole al mismo tiempo gracias de seriedad y fortaleza de espíritu que la harían soportar las pesadas cruces y enfrentar los obstáculos que de ahí en adelante le mandaría. Dios amaba la misión de Virginia y la llevaría a su pleno cumplimiento.

Entonces, las comunicaciones celestiales regresaron. Pasaba horas en coloquios y éxtasis con su Señor Jesús y con María Santísima. Las amigas que iban a visitarla se veían con frecuencia obligadas a aguardar largo tiempo mientras ella permanecía rezando en su oratorio, pero amenizaban la espera observándola secretamente a través de las rendijas de la puerta, edificadas con su profundo recogimiento.

A la espera de una señal de la Providencia

Diversos aspectos de la ciudad de Génova: Puerta Soprana, tumba de San Juan Bautista y fachada de la catedral de San Lorenzo
Mientras se multiplicaban los ayunos, las confesiones
y las procesiones con la reliquia de San Juan Bautista,
30 000 soldados enemigos se acercaban a Génova.

Diversos aspectos de la ciudad de Génova: Puerta Soprana,
tumba de San Juan Bautista y fachada de la catedral de
San Lorenzo.

En aquella época, Virginia vivía con su suegra, sin el auxilio de criadas, y siguiendo reglas, costumbres y horarios más propios de un convento. Estaba a la espera de una señal clara de la Providencia que le mostrara el camino a seguir. En cierto momento, no obstante, el ambiente en Génova cambió radicalmente. La rica y despreocupada ciudad pasaba por una terrible aflicción: franceses y piamonteses se habían aliado para conquistarla.

Mientras que en la capital se multiplicaban los ayunos, las confesiones y las procesiones con el Santo Sudario y la reliquia de San Juan Bautista, 30 000 soldados enemigos se acercaban a ella. Aldeas y pueblos eran devastados, obligando a miles de niños y ancianos a buscar refugio en Génova.

Con la ayuda de otros nobles, Santa Virginia se esforzó en socorrer a los fugitivos que se aglomeraban en las plazas. En aquel momento urgía el auxilio material, pero más aún apremiaba que cesaran las graves e inmorales consecuencias a la que se expondría la ciudad ante tal calamidad. "Hela allí atenta en cortar abusos, en reorganizar familias, en legitimar uniones, en impedir las profanaciones de las iglesias, en reconducir a la observancia los santos asilos".

Alejado el peligro de invasión, Virginia pasó revista a la ciudad entera, ordenándolo todo, preocupada por la formación espiritual de aquellas almas abandonadas, especialmente por las de los niños. Con diligencia buscaba a las ovejas: fortalecía a la buena, curaba a la magullada, orientaba a la descarriada. A despecho del empeño con el cual realizaba esa caritativa labor, sabía que ese no era el camino que la Providencia le había trazado...

El Refugio de Monte Calvario

Durante años enteros Santa Virginia rezaba la jaculatoria "emitte lumen tuum - envía tu luz", para que le fuera revelada su vocación. Una tarde de invierno estando sola en recogida oración, pues ya había fallecido su suegra y tenía a sus hijas casadas, oye el llanto de una niña debajo de su ventana.

Al ser avisada por su criada de que se trataba de una chiquilla abandonada como consecuencia de la guerra, decidió acogerla. Movida por la voz de Dios que había oído claramente en su interior, abraza con emoción a la pobrecita, la viste, le da calor y le dice: "Te quedarás conmigo y serás mi hija". Se iniciaba así la primera familia espiritual de Santa Virginia.

Poco tiempo después, acoge a otra niña; más tarde, a una tercera. Pronto llegan a quince, y no se demorará en tener que dejar su casa para trasladarse al monasterio de Monte Calvario, que había sido construido treinta años antes por los franciscanos reformados.

A él llegó en solemne procesión, acompañada por cuarenta hijas, y el primer sitio al que se dirigieron fue a la iglesia, donde junto al sagrario consagró la nueva obra al Rey de los reyes. Le pidió que no la dejara inacabada, que la asistiera con profusión de gracias, para que de allí salieran almas que verdaderamente lo amaran.

"De cada hija formad una flor y una gema", suplicaba. "En cuanto a mí, heme aquí: aceptad el sacrificio que os hago de mí misma, y sabed que ya no tendré ni pensamientos ni vida, sino para estas hijas que me coronan, y para las que vengan".

Estaba fundada la obra de Virginia Centurione Bracelli: un refugio para las almas que buscaban a Dios y necesitaban de protección. Había sido dado el primer paso para las futuras congregaciones de las Hermanas de Nuestra Señora del Refugio en el Monte Calvario y de las Hijas de Nuestra Señora del Monte Calvario.

Comenzaba la vida religiosa en Carignano

En el Refugio de Monte Calvario aquellas niñas debían encontrar, además de una solución para sus carencias materiales, amparo para su santificación y salvación, pues muchas de ellas eran llamadas por la Providencia a dedicar sus vidas a Cristo. Con el objetivo de cumplir esa finalidad, Virginia estableció horarios y reglas, e ideó los uniformes y hábitos.

Tan pronto como la obra echó raíces fecundas fue necesario abrir más casas. En Monte Calvario y otros lugares se quedaron las jóvenes que no sentían en sí la vocación religiosa; a Carignano fueron únicamente las que deseaban llevar una vida austera y reglada. Éstas, por recomendación de fray Matías Boroni, sacerdote capuchino que sería el director del Refugio, seguían la Regla de los terciarios franciscanos, sin votos, pero prometiéndole obediencia a sus superiores. Adoptaron como vestimenta el hábito de las Clarisas y, así, "de ‘vírgenes seglares' pasarían a ser religiosas, y consagradas a Dios".

Todo en Carignano fluía dentro de una disciplina envuelta en piedad y trabajo. Para que las almas se abrasaran en el amor a Dios, Virginia deseaba que las ceremonias litúrgicas estuvieran adornadas con ricos ornatos y paramentos, y revestidas de perfección y esplendor. Frecuentar el Refugio llevaba a saborear las dulzuras del Cielo, ser invitado a cambiar de conducta o perfeccionarse aún más.

Pero además de fomentar la vida espiritual de sus hijas con adoraciones al Santísimo Sacramento, oraciones en conjunto, preferiblemente el Rosario, ceremonias en honor de la Virgen y reuniones sobre temas espirituales, Santa Virginia también las educaba en el trabajo.

Tenía muy presente la máxima benedictina ora et labora y el beneficio para la vida espiritual de mantenerse ocupada. Mientras la oración revigora lo interior, el trabajo ordena lo exterior. Éste forma a la persona en la seriedad y en el dominio de sus pasiones; quien cede al ocio está entregado a las tentaciones del demonio y a las solicitudes de la concupiscencia.

Piedad profunda y ejemplar

La vida espiritual de la fundadora servía de meta, modelo y ejemplo para sus hijas. Se acostumbraron a verla en diarios y profundos éxtasis, y a percibir cómo, en el momento de recibir la comunión, su rostro se volvía resplandeciente y sus mejillas se abrasaban.

Acudía con asiduidad al sacramento de la Reconciliación, hasta dos veces al día, lo que llevaba a su confesor a decirle solamente: "Ve a comulgar para mayor gloria de Dios"; él era más propenso a darle bendiciones que absoluciones, pues creía que no había materia para ello.

Hablaba continuamente con la Virgen y le pedía luces, consejos y dirección para todo lo que hacía. Recibía de Ella instrucciones e incluso revelaciones, pues poseía un fuerte vínculo con la Reina de los Cielos, que procuraba transmitir y extender a todos los que con ella convivían. Ni en el lecho de muerte dejó de incentivar la devoción a María.

Víctima de la furia de los infiernos

Retrato oficial de Santa Virginia
"La crucificada hizo suyo el espíritu del Crucificado"

Retrato oficial de Santa Virginia.

Ahora bien, si Santa Virginia obtuvo éxitos en su vida apostólica, si alcanzó un alto grado de santidad, fue debido a su íntima unión con Jesús, Cordero inmolado. "La crucificada hizo suyo el espíritu del Crucificado, y nada, actualmente, le es más querido que la cruz. Ésta se convirtió en su trono, su luz, su alegría, su felicidad".

Llegado el fin de su existencia, el Señor le reservó, para quien así se ofrecía como víctima, una cruel inmolación. Postrada en su lecho de dolor por una terrible molestia, con fiebre alta, sufría accesos tan violentos, que los circunstantes fueron obligados a atarla a la cama con cintas de cuero, las cuales muchas veces rompía...

Le asaltaba la furia de los infiernos, los demonios la martirizaban sin parar. En los momentos de tranquilidad era acometida por abatimientos y angustias, sintiéndose totalmente abandonada por la Providencia, inutilizada, liquidada.

Además de las embestidas diabólicas tuvo que padecer las penas del Purgatorio y fue llevada hasta las puertas del Infierno. Sufrió el calor de las llamas eternas y llegó a encontrar allí a ciertos conocidos, muertos o aún vivos... Visiones pavorosas la oprimían y amedrantaban tanto que, al volver en sí, el único grito que le salía de sus labios era: "¡Señor, misericordia!".

Durante tales visiones pronunciaba frases cuyo alcance no lograban entender los presentes, llevándolos a concluir que era algo relacionado con el futuro de la Iglesia y del mundo. Infelizmente esas revelaciones no quedaron registradas en las páginas de la Historia, únicamente en el libro de la vida...

La consumación del sacrificio

En diciembre de 1651, Virginia enfrentaba el dolor con el ánimo de los mártires, con la fortaleza de los cruzados y, sobre todo, con la calma y la serenidad de su Señor crucificado. Nunca dejaba que se le escapara una queja, sino que, por el contrario, siempre trataba de hacer el bien a los que la rodeaban. Rogaba por cada uno y les pedía perdón a todos.

Su enfermedad la fue consumiendo paulatinamente. Al prever que moriría antes de la Navidad, les decía a sus hijas espirituales: "¡Qué júbilo experimentaría si asistiera desde allí arriba a los preparativos que los ángeles y los santos hacen para el nacimiento del Redentor!". Y en la fiesta de la Inmaculada Concepción le preguntó a una de ellas: "¿Qué diríais si dentro de ocho días nos encontrásemos en el Cielo?".

No se engañaba la santa fundadora en sus pronósticos. El 15 de diciembre, octava de la Inmaculada Concepción, mientras sus hijas rezaban las oraciones de los agonizantes, sus labios balbucieron estas palabras: "¡Mi corazón está listo, oh Dios!... ¡Señor, aquí tenéis mi alma!". Y exhaló su último suspiro. Tenía 64 años.

Como el nuevo monasterio aún estaba siendo construido, fue sepultada en la iglesia de Santa Clara. El día del entierro sus miembros no presentaban rigidez, su cara permanecía rosada y sus labios esbozaban una sonrisa. Y cuando cincuenta años más tarde el cuerpo fue exhumado aún estaba flexible y sin deterioro alguno.

Al ser muy numerosas las personas que acudían a venerarlo, las autoridades civiles ordenaron que lo enterraran de nuevo, esta vez en una tumba muy húmeda, situada en otra iglesia. Y al exhumar el cadáver mucho tiempo después para entregárselo a las hermanas del Refugio, lo hallaron totalmente enmohecido. Fue necesario quitarle el hábito y limpiarlo con cuidado.

Hoy, a pesar de deteriorado, el cuerpo de Santa Virginia permanece flexible, revestido con el traje azul que sustituyó al antiguo hábito franciscano. De él emana una singular aura de santidad propia a esa alma selecta, encanto de Dios Altísimo.

1 TRAVERSO, Luigi. Vida e apostolado da Santa Virgínia Centurione Bracelli. Belo Horizonte: Congregación de las Hijas de Nuestra Señora del Monte Calvario, 1960, p. 13. Todas las citas entre comillas corresponden a este mismo libro.

 

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