El huerfanito y la marquesita

Publicado 2018/12/29
Autor: Hna. Teresinha Karina Lorayne Herdy Cobiceiro

Al verlo la niña pensó: “¡Pobrecito! Seguramente que tiene hambre... ¿Qué es lo que le habrá ocurrido? ¿Acaso huiría de su casa y vino a esconderse aquí? ¿Será tal vez un huerfanito? En cualquier caso, tengo que ayudarle”.

Contemplando las colinas cubiertas por un manto blanco, todo en la naturaleza parecía cantar el solemne día que estaba a punto de comenzar: ¡25 de diciembre! Pero ¿qué ocurría? Ya era casi medianoche y no se oían las campanas de la parroquia convocando a los fieles a la Misa del Gallo...

El huerfanito y la marquesitaAquel año muchas iglesias habían sido cerradas, saqueadas o incluso quemadas por toda Francia. La tristeza reinaba en el país y el suave júbilo emanado del paisaje no se armonizaba con la taciturna atmósfera de aquel pueblo, cuyos habitantes estaban impedidos de conmemorar el Nacimiento del Hombre Dios. La Navidad sólo podía celebrarse a escondidas, sin Misa ni canciones, pues muchos sacerdotes piadosos habían sido martirizados...

Sin embargo, bien lejos de París, a orillas del río Loira, la situación era un poco diferente. En el castillo de la familia La Roche, el marqués y su esposa se disponían a festejar el Nacimiento del Salvador, así como el de Thérèse, su heredera. Ésta había venido al mundo tres años atrás, exactamente el día de Navidad. Enseguida fue consagrada al Niño Jesús por su madre, quien le regaló una imagencita del divino Infante.

Pasó bastante tiempo sin que el noble matrimonio fuera molestado por practicar su fe, pero cierto día un ruidoso bando de malhechores empezó a hacerse sentir en las proximidades... Cogiendo rápidamente a Thérèse en sus brazos, la marquesa se dirigió al salón junto con sus familiares, lista para enfrentar a los invasores. Y previendo el destino que les aguardaba, encargó a una de sus criadas el cuidado de su hija.

En pocos minutos la confusión se apoderó del castillo. Rompiendo todo lo que se encontraban por el camino, los agitadores llegaron hasta el sitio donde estaban reunidos todos. Entre llantos y apretando fuertemente contra su pecho la imagen del Niño Jesús, Thérèse se lanzó sobre el regazo de su madre.

Inseguros y furiosos ante la dignidad de aquella familia, los bandidos arrancaron a la pequeña de los brazos de la marquesa y la arrojaron a las manos de una de las domésticas, ordenándole que la sacaran afuera. Para la niña era la despedida: sus padres saldrían de allí derecho a la guillotina.

Al día siguiente, Jane tuvo la idea de ofrecerle al huerfanito una buena cenaMarie, la criada incumbida de cuidar de la pequeña, no lo resistió. Temiendo sufrir la misma suerte, optó por acomodarse a la situación impuesta por la Revolución. Se casó con un ateo y a Thérèse le cambió el nombre por el de Jane, a fin de borrar cualquier indicio de su ancestralidad.

Transcurrieron los años y la niña, educada por sus padres adoptivos en un ambiente ajeno a toda práctica religiosa, sentía en el alma un vacío que la impelía a buscar ávidamente una realidad superior...

En el desván de la casa había un misterioso baúl, el cual prohibieron a Jane que tocara. Cierto día en que se encontraba sola, decidió abrirlo... Y cuál no fue su sorpresa al encontrar en su interior a un niño vestido con elegantísima ropa. Era la imagen que sus progenitores le dieron con ocasión de su bautizo y de la que había perdido todo recuerdo. Marie la ocultó allí recelosa de que alguien la profanase y más recelosa aún de que su marido la descubriese.

Al verla, la marquesita pensó: "¡Pobrecito! Seguramente que tiene hambre... ¿Qué es lo que le habrá ocurrido? ¿Acaso huiría de su casa y vino a esconderse aquí? ¿Será tal vez un huerfanito? En cualquier caso, tengo que ayudarle".

Lo sacó del baúl, lo sentó en una mísera silla, le ofreció un poco de leche caliente y le preguntó:

-¿Cómo te llamas?

Cobrando vida, la imagen le respondió:

-Jesús. ¿Y tú?

-Jane. Pero, por favor, cuéntame cómo has venido a parar en este baúl.

-La historia es muy larga. Fui dado como regalo de Bautismo a la hija de una familia de marqueses, pero ella se quedó huérfana y los dos fuimos entregados al cuidado de una criada. De esto hace ya cuatro años...

Cuando iba a indagar más sobre esa tal niña, Jane oyó la voz de Marie entrando en casa y rápidamente guardó al niño de nuevo en el mueble.

Al día siguiente, sin saber muy bien por qué, Jane tuvo la idea de ofrecerle una buena cena. Precisamente era un 24 de diciembre. A medianoche, cuando todos estaban durmiendo, fue de puntillas hasta el desván, abrió el baúl y dijo hablando bajito:

-Jesús, ¡ven! Hoy vas a tener una cena especial.

Las sublimes conversaciones que iniciaron en la tierra continuarían en el CieloEl niño se echó a su cuello y contempló encantado las sencillas iguarias que Jane había conseguido reunir para homenajearlo. Y, mientras comía, le desveló los misterios de su pasado. Le contó quiénes habían sido sus padres, le reveló su verdadero nombre, le explicó que ella también había venido al mundo un 25 de diciembre y, para finalizar, tatareó un conocido villancico que hizo surgir en el corazón de Thérèse vivos recuerdos de su primera infancia.

Al amanecer, Marie percibió que Jane estaba muy pensativa, pero no le dio mayor importancia y salió a hacer algunos recados. La pequeña aprovechó la oportunidad para subir al desván y encontrarse con el Niño Jesús, quien le preguntó:

-¿Quieres ir al Cielo conmigo?

-¡Claro que sí! ¿Qué tengo que hacer?

Conversaron brevemente y, a continuación, Thérèse salió por las calles de la ciudad llevándolo en sus brazos mientras cantaba villancicos. Al verla, muchos de los habitantes del pueblo lloraban, pues ni los más valientes tenían el coraje de proclamar su fe en tiempos tan conturbados. No obstante, pocos se convirtieron...

Tamaña osadía no podía ser tolerada por quien había sido liberado de la "tiranía" y la "superstición" cristianas. Crueles revolucionarios se precipitaron sobre la niña, le arrancaron la imagen de sus manos y la mataron a palos y puñaladas.

El ofrecimiento de la pequeña había sido aceptado; la sangre de Thérèse se unió a la de su amado Jesús. Las sublimes conversaciones que iniciaron en la tierra continuarían en el Cielo, donde, unida al coro de los bienaventurados, recibió como misión defender y alimentar la inocencia de los niños de todos los tiempos.