“Paz a vosotros”

Publicado 2020/04/24
Autor: LEÓN XII

Deseáis sólo la paz, buscáis insistentemente la paz, pero no la encontráis: ¿por qué? Porque la buscáis donde no está y no puede estar. Nadie puede disfrutar de la verdadera paz si no se ha reconciliado con el autor de esa paz, consigo mismo y con el...

Aquel que había anunciado la paz cuando nació; aquel que estando cercana su Pasión había dejado la paz; aquel que al invocar la paz exhaló su espíritu, también hoy, al regresar del mundo de los muertos, anuncia la paz. Y ésta es la primera palabra con la que induce a sus discípulos a reconocerlo: [...] “Paz a vosotros” (Jn 20, 19). [...]

Anheláis la paz, mas no la encontráis

Pero la felicidad que recibieron los Apóstoles también se nos ofrece hoy a nosotros. En efecto, la paz fue prometida tanto a los próximos como a los lejanos; y aquel que es nuestra paz, Jesucristo, nos exhorta igualmente hoy día con ese saludo.

¿Acaso habrá quien se niegue a alcanzar finalmente en el Señor lo que desde ha tiempo y en vano buscó, deambulando lejos de Él? Entonces no andéis vagando, oh amadísimos. Deseáis sólo la paz, buscáis insistentemente la paz, pero no la encontráis: ¿por qué? Porque la buscáis donde no está y no puede estar.

“Desolación y ruina acompañan sus caminos; y no conocen el camino de la paz” (Is 59, 7-8). Ese es, como Dios mismo lo afirma, el estado de los que esperan hallar la quietud y la tranquilidad en el pecado. Esperan la calma, y acaban en la tormenta; se proponen lograr la alegría, y nada más que encuentran hastío, angustia y terror: en realidad, sienten principalmente crecer dentro de si una tétrica amargura, justo donde, engañados por una falsa imagen del bien, les había sido prometido la máxima felicidad. 

“Aprended de mí y encontraréis descanso para vuestras almas”

Esto no debe sorprender: nadie puede disfrutar de la verdadera paz si no se ha reconciliado con el autor de esa paz, consigo mismo y con el prójimo. La carne estalla contra el espíritu, el espíritu contra la carne: ese es nuestro conflicto interior. Cuando pensamos aplacar al enemigo favoreciendo la concupiscencia de la carne, más lo inflamamos armándolo contra Dios y contra el espíritu, que es nuestra parte esencial, el valor supremo de nosotros mismos.

¿Queremos, pues, cuando sea, alcanzar por fin aquella paz que tanto deseamos, en la medida de lo posible, en este valle de lágrimas? Esforcémonos por debilitar a ese enemigo que no podemos expulsar de nuestras entrañas subyugándolo al espíritu y a la razón: lo cual podemos hacerlo con la ayuda de Dios. De ahí resulta también, como enseña el Apóstol, que serán desterradas de nosotros “la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda maldad” (Ef 4, 31).

Seamos, pues, “buenos, comprensivos, perdonándoos unos a otros como Dios os perdonó en Cristo” (Ef 4, 32), y con alegría sentiremos confirmada por nuestra propia experiencia la confianza en esa divina promesa: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis descanso para vuestras almas” (Mt 11, 29).

Captura de pantalla 2020-04-24 a la(s) 13.29.46.png

Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe

Sin duda, requieren particular atención, oh queridísimos, estas palabras: “Les echó en cara su incredulidad y dureza de corazón, porque no habían creído a los que lo habían visto resucitado” (Mc 16, 14).

No habían pecado, más o menos gravemente, sólo una vez; sin embargo, Él sólo se lo reprochó una vez. ¿Qué significa esto sino que era importante para Él que a los Apóstoles les disgustara principalmente lo que a Él también le disgustaba de manera especial?

Es decir, que eliminaran el mayor obstáculo para la paz antes que, ofreciéndola en primer lugar con las palabras “paz a vosotros”, y pronunciándolas de nuevo, les fuera entregada efectivamente como don. En efecto, ¿qué sitio puede estar disponible para la quietud y la tranquilidad en un alma en la que, desterrada la fe, hay un perpetuo conflicto de opiniones, un desmesurado dominio de codicia desenfrenada?

Si Cristo no ha resucitado, vana es —reconozcámoslo— nuestra fe; pero si resucitó, es Dios, es el que pudo regresar a la vida; divinas son sus revelaciones y sus enseñanzas, una sola es la fe que puede satisfacer las mentes desviadas aquí y allá por diversos vientos de la doctrina y puede aplacar los espíritus inquietos. Si alguien duda de que Cristo ha resucitado, de veras se le debe considerar ciego por su malicia, como alguien que no ve que es más claro que la luz misma. [...]

Los incrédulos no tendrán descanso

Los incrédulos, reflexionando sobre esto, sintiendo al Señor reprendiéndoles a través de su conciencia, ¿qué sentirán en su alma?

Oh miserables, que rodeados por una luz tan clara no la ven; más miserables aun cuando viéndola no creen, ofendiendo sumamente a Dios con ello y, enemigos de sí mismos, persisten en rechazar la paz que Él les ofrece benigno.

Creerán, pero creerán por fin cuando lo vean sentado en su majestad, cuando lo oigan no como ahora, reprendiéndoles para su salvación, sino para su confusión, su castigo, su desesperación; rechazarán su bendición y Él se alejará de ellos: no tendrán descanso ni de día ni de noche.

Tened piedad, Venerables Hermanos fieles en Cristo, hijos queridísimos, de tan grande desgracia y rezad por ellos: regocijaos en vuestro interior considerando cuán razonables, cuán gloriosas y alegres son las cosas en las que creéis; y con cuánto derecho podemos decirle a Dios con el rey profeta: “Tus mandatos son fieles y seguros” (Sal 93, 5).

Captura de pantalla 2020-04-24 a la(s) 13.42.35.png

“Mi pueblo habitará en moradas apacibles”

Por lo tanto, cada vez que reconozcáis que vuestros comportamientos se alejan de la santidad de la fe que profesáis; cada vez que, deslumbrados por las engañosas seducciones de la codicia, os habéis rendido a la avaricia, la lujuria o el orgullo; cada vez, en fin, que infrinjáis el precepto que el Señor, deseoso de llevar la paz a los hombres, llama “su mandamiento” diciendo: “Este es mi mandamiento: que os améis unos a otros como yo os he amado” (Jn 15, 12), arrepentíos llorando ante el Señor.

Así, apartado todo lo que es impedimento para la divina benevolencia, también en vosotros se hará realidad lo que les sucedió a los Apóstoles: oiréis al Señor pronunciar dos veces “paz a vosotros”, es decir, con el primer saludo Él os promete y con el segundo os da la paz.

Captura de pantalla 2020-04-24 a la(s) 13.42.46.png

Con esa paz suya, que supera toda experiencia interior, desbordando en vuestro corazón, exclamaréis con gozo junto con la Iglesia: “Este es el día que hizo el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo” (Sal 118, 24). Listos para renovar esto con alegría infinitamente más grande en el día en que, conservando hasta el último suspiro la paz, el corazón y vuestra inteligencia en Jesucristo, seréis incluidos en las benditas filas de aquellos de quienes está escrito: “Mi pueblo habitará en moradas apacibles, en tiendas seguras, en tranquilos lugares de reposo” (Is 32, 18). 2

 

LEÓN XII. Fragmentos de la homilía “Qui pacem”, 26/3/1826.