Victoria irreversible, comprada por fidelidad impar

Publicado 2020/06/12
Autor: Heraldos del Evangelio

A primera vista, se diría que la vida de Nuestra Señora estuvo marcada por lo absurdo, desde su infancia...

Victoria irreversible, comprada por fidelidad impar 

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A primera vista, se diría que la vida de Nuestra Señora estuvo marcada por lo absurdo, desde su infancia: quería permanecer enteramente consagrada a Dios en el Templo, pero debió regresar al mundo; le había prometido al Señor mantenerse virgen, pero tuvo que casarse; aunque fuera santísima, la Encarnación hizo de Ella un elemento de terrible prueba para San José, cuya santidad impar era inferior únicamente a la de su inmaculada esposa... Ese camino de pruebas paradójicas y paroxísticas, el cual María recorría entre absurdos y despropósitos, escondía la incalculable predilección de Dios para una misión cuya estatura no tenía proporción con lo creado, sino solamente con el Creador.

En efecto, la maternidad divina consiste una paradoja más: Dios, aun siendo omnipotente, necesitó verdaderamente de la Santísima Virgen. No por una necesidad absoluta, sino porque Él lo quiso, pues forma parte del gobierno de la Providencia someter la realización de sus planes a la aceptación de las criaturas escogidas para llevarlos a cabo. Por tanto, Dios dependió de María para que Nuestro Señor Jesucristo fuera el que fue.

¿Qué habría ocurrido si Nuestra Señora se hubiera negado? Es imposible calcularlo. Tan sólo podemos hacer conjeturas: toda la Historia estaría arruinada, y nada de lo que hubo de bueno habría sucedido. De la barbarie que ya por entonces imperaba, la humanidad se desmoronaría en la disgregación; los hombres incurrirían, de ingratitud en ingratitud para con el Creador, en rebeliones cada vez más osadas, dañinas y autodestructivas. Y en esa rampa en constante aceleración cabría agregar la creciente indignación de Dios contra la humanidad y los castigos que se seguirían…

Por lo tanto, el “fiat” de María se dio en el momento de la bifurcación auge de la Historia, en el que se decidía entre milenios de desgracias y milenios de gracias.

No obstante, para comprar —en cuanto Corredentora y Medianera universal— la nueva era de la gracia precisaría cargar a Ella sola el peso acumulado de varios milenios de pecados, ingratitudes e infidelidades, superando toda la maldad anterior con el fulgor de su inmaculada santidad. Así, acordándose de su promesa, Dios perdonaría al hombre su desobediencia primera y obraría un inaudito misterio de misericordia, del cual la Encarnación constituiría tan sólo el primer capítulo: la fundación de la Iglesia, la institución de los sacramentos, la compañía del Redentor “hasta el final de los tiempos” (Mt 28, 20), la inmortalidad de su Cuerpo Místico, la garantía de un clero fiel...

Sin duda alguna, todos esos dones fueron conquistados por Cristo en la cruz, pero sólo se encarnó porque María contribuyó fielmente con el designio divino, sufriendo lo inenarrable por nuestra salvación. Únicamente en el Juicio final nos podremos hacer una idea de cómo tal porvenir de gracias le costó a la Santísima Virgen...

Ahora bien, una vez comprado, ese futuro se hace irreversible. Y es imposible medir su envergadura, pues, de todas las maravillas puestas por Dios en el Corazón de Nuestra Señora, la parte más bella aún está por llegar. Todo lo que al Altísimo prometió, lo realizará en María y por María. Confiemos y esperemos, porque nadie “puede pensar lo que Dios ha preparado para los que lo aman” (1 Cor 2, 9).2