El carisma y el ejemplo del fundador

Publicado 2010/01/05
Autor: P. Marcelo Santos das Neves, OP

Su tesis es bastante robusta, hasta el punto de indicar con precisión milimétrica la espiritualidad y la fuerza de la santidad que le ha animado desde el principio, afirma el censor en su parecer.

 

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P. Marcelo Santos das Neves, OP
Censor de la Tesis

 

I – Observaciones de carácter crítico positivo

Mons. João Scognamiglio Clá Dias, he leído con atención y profundo interés su tesis. Su familia crece día a día y no es posible estar ante un fenómeno tan llamativo sin preguntarse el por qué de esa gracia tan grande. La gentileza, la compostura, la elegancia y el fino trato de los Heraldos que, por dicha, he podido conocer, no podía dejar de suscitar una sana curiosidad en nosotros. Siendo así, cuando el P. Bruno Esposito me entregó su tesis, primero la leí con avidez para saciar mi curiosidad; pero, después, lo hice con espíritu crítico, que en nuestro caso no tiene ninguna connotación negativa. Al contrario.

Peso espiritual y envergadura eclesial de su opción

El Papa Honorio III cuando aprobó y elogió la Obra de Santo Domingo, afirmó que su lucha “unía los tiempos antiguos con los tiempos nuevos”. Creo que los nuevos Movimientos Eclesiales, y el que tiene origen en usted en particular, cumplen, en la mayoría de los casos, más que satisfactoriamente, estos requisitos.

Me explico: su movimiento (Heraldos del Evangelio) aporta al hoy de la Historia la belleza, el gusto por lo grandioso y majestuoso, el discreto rigor disciplinar y sobre todo el entusiasmo inocente de los primeros tiempos y años de la Fe cristiana.

Su profunda espiritualidad (la de usted y la de sus hijos), marcada por la presencia eucarística, por la devoción mariana y por la, digamos, incondicional obediencia al Santo Padre, traducen la vitalidad y fuerza renovadora de la Iglesia de Jesucristo que profesamos en el Credo: Una, Santa y Católica. Por lo tanto, ya sea desde el punto de vista del contenido, ya sea desde el punto de vista formal, es decir, por la elegancia y por el esmero en relación a la lengua de Camões traducida para los hijos de la Tierra de Santa Cruz, su tesis merece “toda alabanza”.

Afirmo esto porque así lo pienso.

Del resto, no podría dejar de recordar otro principio, aunque esta vez de profundas raíces evangélicas: por los frutos, dice la Escritura, “se puede conocer lo robusto que es el árbol”.

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Vista general del aula del Angelicum durante la defensa de la tesis

Su personal camino de Fe, largo y con frecuencia difícil, como difíciles son todas las grandes cosas de la vida, madurado al abrigo de la presencia constante del Dr. Plinio —es así como usted le llama—, de su devoción, de su afecto y firme entrega a Dios, engendró la obra que todos, hoy, llamamos de Heraldos del Evangelio.

Igual que pasando a través de las obras podemos llegar al Creador, por analogía, permítaseme decirlo, pasando por la amigable conversación con sus hijos, en seguida llegué (incluso antes de leer su tesis) a la consideración del peso espiritual y de la envergadura eclesial de su opción.

También por este motivo, al describir su largo caminar, siempre en tercera persona, su texto es brillante y profundamente realista. Digamos: verdaderamente convincente.

Uno de los más hermosos ejemplos de perfección posibles en este mundo

Desde el punto de vista del análisis propiamente jurídico, he constatado que su esfuerzo ha sido admirable y que ha sido orientado por los juristas de más renombre de ayer y de hoy. Admirable su explanación, orientada por los doctos, de las asociaciones y de la aceptación de los nuevos Movimientos Eclesiales en el seno de la Iglesia, en estos tiempos que son los últimos, o sea, los nuestros. Tiempos de Cristo: Único, necesario e insustituible Salvador del mundo. De Él procede toda Gracia: aquella que transforma a los que ya visiblemente le pertenecen, así como los que buscan a Dios de sincero corazón y sin culpa, no pueden reconocer a su Cristo.

El Cristo que sus hijos, sin temor, anuncian en el hábito, en la palabra, en la presencia constante en la vida de las entidades eclesiales, en los rosarios rezados, en las revistas divulgadas en más de una lengua y, sobre todo, por medio de la “casi” perfecta liturgia.

El “casi” se justifica: perfecta es la liturgia celestial que sus hijos orientados por usted procuran con esmero imitar, es decir, hacerla presente en el tiempo. Para usar una terminología del Concilio de Trento: “representar”; en el sentido de hacer presente de nuevo; o aún, como enseña el Concilio Vaticano II, “memorial” de las realidades eternas. La “vía de la belleza” que hiere y despierta (Benedicto XVI), encuentra, en el estímulo que usted ha sabido ofrecer a sus hijos, uno de los más hermosos ejemplos de perfección posibles en este mundo.

Otra observación: su camino espiritual, que floreció con la Obra de los Heraldos del Evangelio, no ha sido superficial ni ha besado el suelo de la mediocridad: sus consejeros, juristas y teólogos (muchos de ellos dominicos) han sido nombrados puntualmente en su tesis y sus consejos sabiamente puestos en práctica. Deducimos de ello, su capacidad para la escucha y el deseo sincero de caminar “en la” y “con la” Iglesia. Su tesis deja claro todo esto. Hay algo más.

Deja transparente el deseo de señalar a sus hijos este saludable camino. Su tesis es bastante robusta, hasta el punto de indicar con precisión milimétrica la espiritualidad y la fuerza de la santidad que le ha animado desde el principio. Un ejemplo: admirable la devoción a San Luis María Grignion de Montfort, sobre todo.

El carisma y el ejemplo del fundador dan unidad al movimiento

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P. Bruno Esposito, el P. Marcelo Santos das Neves y Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP,
posan ante la estatua de Santo Tomás de Aquino que preside la entrada del Angelicum

No podemos permitir que el tiempo se nos agote sin que antes pongamos de relieve los caminos detalladamente descritos, incluso desde el punto de vista jurídico, en el proceso de formación de los Heraldos; pero no repetiremos aquí lo que usted, con pericia y elegancia sin par, resume en el último capítulo y en la conclusión de su tesis, que igualmente se encuentra, al menos en parte, descrito en todo el texto.

Me impresionó la palabra “flexibilidad”: es la que revela la conciencia de que el Espíritu Santo actúa, organiza y reorganiza continuamente la vida y la obra del Pueblo de Dios; de esta manera sus hijos, con el paso de los años, también madurarán y otras modalidades de vida dentro de un mismo carisma podrán surgir y encontrar en la legislación, no un impedimento, sino una seguridad y, por qué no decirlo, un estímulo.

La creatividad divina es ejemplar; es el derecho el que es limitado y no logra seguir los pasos veloces de los hijos de la Iglesia. Pero volvamos a la creatividad divina: la Trinidad Santa no se cansa de crear y recrear, de colorear el cosmos y reanimar a los hijos de Eva; por tanto, podrá, aún mañana, hacer surgir dentro de la “vía de la belleza” nuevas formas de vida, todas unidas, no obstante, por el mismo “carisma” y teniendo ante sus ojos las fatigas del “fundador”. De estos dos elementos dependerá, sin duda, la unidad de cualquier movimiento: “el carisma y el ejemplo del fundador”. Aunque más que eso, lo que prevalecerá es la voluntad divina de dar, por medio de los nuevos Mo vimientos, vitalidad perenne a la Esposa de Cristo.

El Espíritu suscita y conserva con vida lo que contribuye al crecimiento de la Iglesia y deja que caduque lo que no conduce a tal fin. Si sus hijos mantienen esa convicción, ciertamente que, más allá de los nombres que las diversas modalidades jurídicas puedan ofrecer, serán siempre “uno”, aún siendo muchos.

“No tengo nada más que añadir”

En suma, mi arduo trabajo, es decir, el de encontrar los dobleces o fallos contenidos en su tesis se ha reducido a nada; o sea, ha caído en el vacío. Usted ha sido perfectamente coherente, desde el principio hasta el final, con los objetivos previstos; esto es, describir la génesis y el desarrollo del Movimiento de los Heraldos del Evangelio y su reconocimiento canónico. Incluso cuando describe su personal camino espiritual, lo hace con la finalidad de dejar claro el camino recorrido por los Heraldos. No se les podría comprender sin usted y su personal caminar en la Fe.

Para concluir mi intervención, y para que nadie me acuse de ser demasiado extenso en el hablar, deseo solamente recordar una cuestión planteada por usted al final de su tesis: no se trata de retomar toda la materia, su texto seguramente (sus hijos no serían tan poco delicados) será publicado y todos encontrarán lo que he intentado resumir; mi deseo consiste en repetir una expresión: “el flash” (p. 283). Pues bien, según nuestra Fe, hasta el final de los tiempos, el Señor no dejará de ofrecer a su Esposa momentos de brillo y de particular luminosidad: es el “flash” que suscitará en sus hijos el deseo de continuar siendo una “única” familia de “esclavos de María” y de oídos atentos para escuchar el “llamamiento de la Sede de Pedro” a una nueva y vigorosa evangelización. Todo esto, permítaseme decirlo, son cosas excepcionales en nuestros días.

No tengo nada más que añadir.

II – Preguntas y respuestas

P. Marcelo: Una pregunta: me gustaría saber cómo los dominicos han acabado por estar tan cerca de usted y, aún, si usted puede, me gustaría oír de sus labios cómo, además de los consejos, han contribuido a la maduración de su “instinto” de “Padre Fundador”.

Mons. João Clá: No era posible, tanto por parte del P. Bruno como por la suya, un análisis de este trabajo tan benéfico, tan angélico —por cierto, estamos en el Angelicum —, y tan profundo, demostrando mucha capacidad, mucha cultura eclesiástica y jurídica que me hace acordarme de los dominicos con los que he convivido.

Y por los cuales todos los días —los Heraldos son testigos— rezo nominalmente en mis Misas, haciendo un elenco de todos ellos, porque les debo muchísimo.

Esas relaciones empezaron en la década de los 60, más o menos, cuando en determinado momento surgió una dificultad canónica, y en cierto sentido teológica, a respecto de dudas y críticas hechas contra algunos puntos de nuestro carisma. Y me sentía afligido, porque estaba personalmente concernido en el asunto y no sabía cómo resolverlo.

Recuerdo que el Dr. Plinio me recomendaba que tuviera confianza y preveía que esas dificultades se iban a resolver fácilmente. Un día, había llegado temprano a la celda de mi uso en el “Éremo de São Bento” y me senté en la cama; entonces vi un edificio delante de mí, de unas piedras algo amarillentas, con una puerta muy particular y me veía entrando por ella. Era una puerta grande, con otra estrecha al lado. Esa puerta más pequeña se abría y yo entraba en un zaguán, me dirigía hacia un rincón y, de repente, veía que salía un dominico vestido todo de blanco, con los brazos en alto, sonriendo, con el pelo entrecano, que venía hacia mí y me abrazaba. Sentí un escalofrío y me dije: “¿Qué será esto?” Pasaron los días y el Dr. Plinio me dice: “Mire, creo que usted debería ir a España y procurar a un canonista que resuelva el caso”. Cogí un avión y me fui a España. Llegué a la sede que teníamos en Madrid y pregunté: “¿Conocen ustedes a algún canonista aquí?” —“Sí, respondieron, conocemos a uno, pero vive en Salamanca”. —“¿A qué distancia está de Madrid?” —“A unas cuatro horas en coche”. Cuatro horas para mí, en Brasil, es como coger el tranvía y bajarme en la esquina.

Entonces hacia allí fuimos y cuando llegamos miré el edificio y tuve un sobresalto. Era el mismo que yo había visto. Nunca en mi vida había estado en Salamanca. Cuando abrieron aquella puertecita, entré en el zaguán, pensé: “¡Dios mío…! ¡Esto ya lo he visto yo! ¡Lo conozco!”

Llegó en ese momento el P. Arturo Alonso Lobo —el canonista que iba a atendernos—, sólo que no venía con los brazos levantados, ni me abrazó. Era un hombre de una luz intelectual excepcional. Le hacíamos una pregunta sobre algún asunto y el decía: “Escriba”, y nos dictaba

la respuesta. En seguida, sacaba un libro de la estantería, lo abría y decía: “Vea si el texto que les he dictado confiere con el del libro”. Era tal cual. ¡Un hombre genial!

Tuve un “flash” con el P. Arturo y fue por medio de él que conocí al P. Victorino Rodríguez y Rodríguez y al P. Antonio Royo Marín, con los que conviví largamente. Más tarde al P. Esteban Gómez, que regresaba de Roma a Madrid, al P. Armando Bandera, en fin, a varios en España. En Italia conocí a un dominico que no cito en la tesis, por recelo de prolijidad, pero que me encantó sobremanera: el Cardenal Mario Luigi Ciappi.

Era un santo, un hombre extraordinario, proteólogo de cinco Papas, y con quien mantuve numerosos contactos. Iba a su palacio, tocaba el timbre y él mismo atendía a la puerta. Eran conversaciones de horas. Llegó a enseñarme todo el palacio, me invitó a la Misa que celebraba allí, en fin, fue una convivencia muy agradable.

Así, a través de esas relaciones fue como ellos me iban abriendo los ojos al mundo de la Teología, del Derecho Canónico, de la Filosofía, y puedo decir que tengo una firmeza única en Santo Tomás y en la doctrina tradicional y verdadera de la Iglesia, en gran medida, por acción suya. ²

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Cardeal Bernard Law felicita al fundador de los Heraldos

Evangelizar el mundo del pensamiento

4.jpgEn la homilía de la Misa que el Cardenal Bernard Francis Law celebró el 29 de noviembre en la Basílica de Santa María la Mayor, comenzaba haciendo referencia a Mons. João Scognamiglio Clá Dias y al más del centenar de Heraldos que le acompañaban: “Hoy recibimos entre nosotros al fundador de los Heraldos del Evangelio, que fue nombrado por el Santo Padre canónigo honorario de esta basílica. En esta nueva forma de vida religiosa fundada en Brasil, podemos encontrar el motivo de nuestra esperanza, al ver a todas estas vocaciones que están aquí y saber que existen muchas más”.

Al finalizar el acto litúrgico el Cardenal Law dirigió a Mons. João Clá, en las escalinatas de ese histórico templo, calurosas palabras de felicitaciones por la conquista del título de doctor en Derecho Canónico. Decía: “Creo que no hemos tenido nunca una celebración de doctorado como ésta, doctor magnífico, doctor y superior general”.

Volviéndose hacia la pequeña multitud que allí estaba presente, añadió: “Pero qué ejemplo, para todo lo que se debe hacer: para estudiar, escribir una tesis y recibir el doctorado.

Por eso, pienso que ahora hace parte del carisma de los Heraldos, ¡que cada uno de ustedes consigan el doctorado!” Exhortación que fue acogida con aplausos. “En la Iglesia de hoy en día —proseguía Su Eminencia— es muy importante la labor intelectual en el campo de la evangelización, porque debemos evangelizar el mundo del pensamiento, y sin esa preparación es difícil ir a su encuentro. Por ello, quizá, esta sea un signo del futuro, de la misión de los Heraldos”.

Finalmente, aludiendo a Mons. João Scognamiglio Clá Dias, EP, como “miembro de nuestra familia”, por ser canónigo de la basílica, concluía: “Les puedo dar una bendición más, por la presencia de ustedes, que es siempre una alegría para esta basílica, especialmente la de su fundador, que es un miembro de nuestra familia. Pero lo que es difícil ahora, como miembro de la familia, es que tenga un sitio correspondiente a su graduación. Puede ocupar el primer lugar de todos, aunque, para mí, lo mejor es que sea miembro de la familia”.