El Manto del Carmen

Publicado 2009/03/01
Autor: Redacción

Así como vistió a su Hijo Jesús con una túnica de valor incalculable, María Santísima quiere cubrirnos a nosotros, sus hijos adoptivos, con la más eficaz de las vestimentas.

El Manto del Carmen
 

Anticipando el monaquismo católico, unos cuantos discípulos de Elías eligieron las alturas del monte Car­melo para entregarse a la contempla­ción. Permanecieron así en la sucesión de las generaciones hasta la llegada del Señor. Varios se convirtieron después de Pentecostés y fueron los primeros en erigir un oratorio en alabanza de la Virgen.

Tácito nos relata que el empera­dor Vespasiano subía al monte Car­melo para consultar un oráculo, y allá escuchaba las orientaciones de un sacerdote llamado Basilido, que en cierto momento le auguró un gran éxito.

Otro historiador –Suetonio– re­fuerza el relato, agregando que Ves­pasiano iba al Carmelo en busca de una confirmación para su destino y sus reflexiones, y volvía lleno de áni­mo.

Autores de peso discuten entre sí el origen del oratorio existente en el lugar. Unos dicen que era pagano; otros, en cambio, afirman que ya se trataba de un santuario dedicado a la Santísima Virgen.
Entretanto, es totalmente segura la enorme antigüe­dad de la Orden del Carmen.

Después de Elías, su discípulo Eliseo siguió habitando la montaña rodeado por los “hijos de los profe­tas” (Cfr. 2 Re 2, 15; 6, 1; etc.). Se conoce allá una “gruta de Elías” y una caverna llamada “escuela de los profetas”.

Pero el primer documento históri­co que nos ha llegado mencionando a un grupo de ermitaños en el mon­te Carmelo es de mediados del s. XII.

Vivían bajo la dirección de un ex mi­litar de nombre Bertoldo. En 1154 o 1155 un pariente suyo, Aymeric, pa­triarca de Antioquía, lo orientó en el establecimiento del eremitorio. A un monje griego, Juan Focas, quien lo visitó en 1185, le contó san Bertol­do que se había retirado con diez dis­cípulos al Carmelo en virtud de una aparición de san Elías. Esta comuni­dad recibió poco después una regla del Patriarca de Jerusalén, san Alber­to, la cual fue enmendada y definitivamente aprobada por el Papa Ino­cencio IV en 1247.

Quedaba consti­tuida así la Orden del Carmen.

El primer vestido lo hizo Dios

El primer vestido del que la Histo­ria tiene noticia se remonta al Paraí­so Terrenal.

Cuenta el Génesis (3, 21) que después de caer nuestros primeros padres, Adán y Eva, el propio Dios les confeccionó túnicas de piel y los cubrió con ellas.

Mucho más tarde, Jacob hi­zo una túnica de variados colores para el uso de José, su hijo bienamado (Gen 37, 3). Y así, los atuendos son citados en tales o cuales circunstancias a lo largo de las Escrituras (Gen 27, 15; 1 Sam 2, 19; etc.).

Sin embargo, hay una túni­ca que ocupa un lugar princeps entre toda vestimenta: la que fue echada a la suerte por los soldados, por tratarse de una pieza de altísimo valor al no tener costura. Una piadosa tradición atribu­ye a las purísimas manos de María el arte empleado en su confección. Cuan­do los verdugos se dieron cuenta de la alta calidad de dicha pieza, tomaron la decisión de no rasgarla.

Así vestía María a su Hijo Jesús des­de su nacimiento, como Madre devota y esmerada. Y quiere revestirnos también a nosotros, sus hijos adoptivos, Aquella que “cubre como la niebla a toda la tie­rra”, puesto que le fuimos entregados en la misma ocasión en que los soldados decidían por suertes la propiedad sobre la túnica de Jesús: “Mujer, ahí tienes a tu hijo” (Jn 19, 26).

¿Qué ropa Ella nos ofrece?

El Escapulario, una de las vestimentas más eficaces

En 1251, la Virgen Santísima se apareció a san Simón Stock, sexto ge­neral de la Orden del Carmen, entre­gándole un escapulario y prometien­do a todos quienes lo usaran, que se verían libres de la condenación eter­na. Décadas más tarde (1322) el Papa Juan XXII concedió a los carmelitas el privilegio sabatino, esto es, que to­dos los que muriesen usando el esca­pulario se verían libres del fuego del Purgatorio al sábado siguiente de su fallecimiento.

He aquí, pues, una de las vesti­mentas más eficaces, aparte de ser un magnífico símbolo de alianza, protec­ción y salvación.

Papas enaltecen el uso del Escapulario

En 1951, con motivo de la celebra­ción del 700º aniversario de la entre­ga del escapulario, el Papa Pío XII dijo en carta a los Superiores Gene­rales de las dos órdenes carmelita­nas: “Porque el Santo Escapulario, que puede ser llamado Hábito o Traje de María, es un signo y prenda de protec­ción de la Madre de Dios”.

Exactamente 50 años después, el Papa Juan Pablo II afirmó: “El esca­pulario es esencialmente un ‘hábito'. Quien lo recibe es agregado o asocia­do en un grado más o menos íntimo a la Orden del Carmen, dedicada al ser­vicio de la Virgen para el bien de toda la Iglesia. […] Dos verdades evoca el signo del escapulario: por un lado, la continua protección de la Santísima Virgen, no tan sólo a lo largo del cami­no de la vida, sino también al momen­to de pasar a la plenitud de la gloria eterna; por otro, la conciencia de que la devoción a María no puede limitarse a oraciones y tributos en su honor rea­lizados en algunas ocasiones, sino que debe tornarse en ‘hábito'”.

Ambos Pontífices confirman, así, las muestras de aprecio que el esca­pulario ha recibido por parte de va­rios antecesores, tales como Bene­dicto XIII, Clemente VII, Benedicto XIV, León XIII, san Pío X y Benedic­to XV. Benedicto XIII extendió a to­da la Iglesia la celebración de la fies­ta de Nuestra Señora del Carmen el 16 de julio.