Mártir del secreto de confesión

Publicado 2009/04/01
Autor: Redacción

San Juan Nepomuceno

 Mártir del secreto de confesión

 

Ocurrida hace no más de veinte años, la caída de la así llamada “cortina de hierro” no sólo permitió que creciera nuevamente la esperanza y la libertad en aquellos países, sino que también hizo más accesibles para millones de personas del mundo entero algunas de las maravillas culturales y arquitectónicas más espléndidas de la bella Europa.

Entre éstas, es un deber de justicia citar a la encantadora ciudad de Praga, capital de la República Checa, tan célebre por sus antiguos edificios de extraordinaria belleza. A los checos se les conoce también por haber dado al mundo la música clásica de Dvo?ák, además de una sabrosa cerveza que tomó el nombre de una de sus ciudades importantes: Pilsen. Más aún, una de las regiones del país, Bohemia, lleva siglos produciendo cristales que han sido reconocidos como padrón de refinamiento y elegancia en todo el mundo.

Sin embargo, es posible asegurar que incluso sumándose la refulgencia de todos los cristales que pueda haber producido Bohemia, no se logra el brillo sobrenatural de un alma empeñada en buscar y alcanzar la santidad. Este ejemplo nos lo dejó uno de los más ilustres hijos de aquellas tierras, Juan Nepomuceno, sacerdote y mártir en defensa de los derechos de la Iglesia.

Un denodado sacerdote

SanJuanNepomuceno.jpgJuan Nepomuceno nació en la ciudad de Nepomuk, en uno de los valles de Bohemia, hacia el año 1345. El año 1370 ya tenía el cargo de notario en la Curia Metropolitana. Nueve años después fue ordenado sacerdote y nombrado párroco de San Gall. No obstante los encargos de esa grave función, continuó sus estudios de derecho eclesiástico en la Universidad de Praga, en la que obtuvo el bachillerato. En 1382 el arzobispo lo envió a Padua, donde se doctoró en derecho canónico en 1387.

Regresando de inmediato a Praga, fue nombrado canónigo de la iglesia de San Gil, pero sólo permaneció dos años en dicho lugar. En agosto de 1390 se convirtió en canónigo honorario de la Catedral de San Vito y vicario general de esta arquidiócesis, ya entonces amplia e importante. A partir de ese momento la Providencia lo transformó en hombre público.

Los sermones predicados por san Juan Nepomuceno produjeron un notable cambio en las costumbres, y fue llamado a desempeñar el cargo de confesor de la Reina. A ello contribuyeron su ya conocida virtud y la seguridad doctrinal que tantas veces había demostrado en el púlpito.

Pero, si la piadosa reina se ponía dócilmente bajo la dirección espiritual de un sacerdote tan virtuoso, no pasaba lo mismo con el rey. Además de ser dado a violentos arrebatos de cólera, se sintió tomado por una infundada desconfianza en relación a la fidelidad de su esposa. Como no encontraba nada con que probar esta duda, pero su mezquino corazón seguía aferrado a ella, mandó traer al confesor hasta su presencia y le exigió contar con lujo de detalles lo que la reina le confiaba en el confesionario.

Espantado ante la infundada suspicacia y mucho más ante el inaudito pedido, Juan Nepomuceno se rehusó con firmeza, afirmando categóricamente el principio de la inviolabilidad del secreto de confesión, el mismo que la Santa Iglesia defiende hasta hoy:

“Lo que se dice dentro de las santas paredes del confesionario es el más riguroso de los secretos. Las palabras declaradas por el penitente al sacerdote, siendo la materia para la absolución del alma pecadora, mueren ahí mismo. Dios es el único testigo de todo eso, y el sacerdote que revelara a un tercero algo de aquello, cometería uno de los sacrilegios más abominables, contra el cual se levantaría inmediatamente una terrible excomunión” .

Pero el impío rey no prestó oídos a nada de esto. Ciego de furia, mandó torturar brutalmente al fiel confesor.

Soportando sufrimientos terribles, Juan Nepomuceno se mantuvo irreducible, lo cual no hizo más que aumentar la ira del cruel soberano.

Por fin, viendo que nada lograría sacar de un hombre tan firme e imbuido de su fe, mandó a los verdugos que lo ataran y lo arrojaran por uno de los puentes de Praga. Así fue como el intrépido sacerdote entregó su alma a Dios, pereciendo ahogado en las aguas del río Moldava. Era la noche del 20 de marzo de 1393.

Una controversia histórica

La trágica muerte de un personaje tan conocido y estimado chocó a muchos habitantes de la ciudad, y el rey, negándose a admitir abiertamente la razón por la que había mandado asesinar al P. Juan Nepomuceno, quiso dejar constancia de un motivo diferente para su actitud.

Había en Bohemia una abadía grande y prestigiosa, Klandrau. El monarca, aprovechándose del lapso entre la muerte del antiguo abad y la elección del nuevo, tenía la intención de suprimirla para transformarla en una nueva sede episcopal, que sería entregada a un miembro de su corte. El rey quiso presionar al vicario general para apoyarlo en esta acción, a lo cual este último se habría opuesto violentamente, razón que el rey declaró suficiente para condenarlo a muerte. Aunque algunas crónicas oficiales del reino hayan transmitido esta versión, muchas otras refieren la motivación verdadera.

Después de ser encontrado, el cuerpo de Juan Nepomuceno fue sepultado en la propia catedral, donde muy pronto comenzó a recibir del pueblo las honras de un mártir. Así daba comienzo un fuerte y saludable movimiento de veneración al sacerdote asesinado por defender el secreto de Confesión. Estos hechos fueron expuestos incluso en la carta de acusación al rey que el arzobispo Juan Jenzenstein presentó al Papa Benedicto IX.

Beatificación y canonización

El Papa Inocencio XIII lo declaró beato en 1721. Posteriormente, cartas de emperadores, obispos y órdenes religiosas, a las que se unían misivas de las universidades de Viena, Praga y Bratislava, pedían a coro al Soberano Pontífice la apertura del proceso de canonización, lo que de hecho ocurrió en julio de 1722.

Años después, el 27 de enero de 1725, una comisión encabezada por el arzobispo de Praga y conformada por algunos dignatarios eclesiásticos, un profesor de medicina y dos cirujanos, realizó la exhumación de los restos mortales del mártir. En presencia de estas autoridades se dio un acontecimiento extraordinario.

El cuerpo se encontraba naturalmente deshecho por el tiempo, excepto la lengua, maravillosamente conservada pero seca. Entonces, delante de todos, comenzó a reconstituirse, ofreciendo un color encarnado como si se tratara de una persona viva. Admirados, los presentes se pusieron de rodillas, y este milagro realizado en circunstancias tan solemnes y con testigos de tanta categoría, fue el cuarto de los contenidos en el proceso de canonización.

Así, el 19 de marzo de 1729, en la Basílica de San Juan de Letrán, por manos del Papa Benedicto XIII, fue solemnemente elevado a la gloria de los altares san Juan Nepomuceno, mártir del secreto de confesión, cuya fiesta celebra la Iglesia el día 16 de mayo.