Un santo para hoy, fácil de imitar

Publicado 2009/02/01
Autor: Redacción

El Beato Mariano de la Mata Aparicio es una “piedra viva” de la Iglesia de São Paulo, un hom­bre santo “admirable e imitable”, del gusto del bondadoso pueblo brasile­ño.

 Un santo para hoy, fácil de imitar

 

Antaño residencia real, Palencia es una ciudad tran­quila. Cuenta con una rica historia. En ella se fundó la primera univer­sidad de España en el lejano año 1208. Entre sus joyas arquitectóni­cas se cuenta la catedral –“La Be­lla Desconocida”–, poco visitada por los turistas dado que su austera fachada no permite adivinar su es­pléndido interior.

Aunque sean numerosos los detalles encantadores, los monu­mentos históricos y las obras de arte, la principal riqueza local no es material ni cultural, sino huma­na: sus santos, que son muchos. “La Iglesia de Palencia no está edi­ficada sobre arqueología románica o prerrománica, sino sobre piedras vivas” ha dicho su joven obispo, Mons. José Ignacio Munilla Aguirre, en referencia a estos héroes de la fe.

Uno de ellos es el Beato Mariano.

Un santo al gusto del bondadoso pueblo brasileño

BeatoMariano.jpgÉl es también una “piedra viva” de la Iglesia de São Paulo, un hom­bre santo “admirable e imitable” , del gusto del bondadoso pueblo brasile­ño. En su vida podemos apreciar un auténtico heroísmo, ese que tiene al amor como motor hasta de los míni­mos actos.

Mariano nació en el solar De la Mata el último día de 1905, en el se­no de una familia verdaderamente católica de cuatro hermanos y cuatro hermanas. Todos los hombres se hi­cieron agustinos. De los matrimonios de sus cuatro hermanas nacieron 27 sobrinos, de los cuales tres fue­ron sacerdotes y tres religiosas mi­sioneras.

En agosto de 1921, Mariani­to ingresó como novicio al Semi­nario Menor de los Padres Agus­tinos de Valladolid. Hizo la profe­sión solemne en 1927 y recibió la ordenación sacerdotal el 25 de ju­lio de 1930. Partió a Brasil el 21 de agosto de 1931.

De 1945 a 1948 fue Superior de la Viceprovincia Agustina de Bra­sil. A partir de 1961 vivió en el Co­legio-Parroquia San Agustín de São Paulo como profesor, director espiritual de las Oficinas de Santa Rita y vicario parroquial.

Imposible conocer al Padre Mariano sin conocer el amor de Dios

Conozcamos al carisma de este ge­nuino hijo de san Agustín.

Algunas personas que lo cono­cieron relatan episodios de su vi­da: una de sus sobrinas, la herma­na María Paz Martín de la Mata, a.m., el P. Pablo Tejedor Fernández, o.s.a., actual párroco de la Iglesia de San Agustín en la capital paulis­ta, y muchos otros familiares y her­manos de hábito. De manera espe­cial, el Vicepostulador de la cau­sa de beatificación, el incansable P. Miguel Lucas, o.s.a., que contó su vida y la estampó en hermosas pin­turas, exponiéndolo a la veneración de los fieles.

Todos los que conocieron de cer­ca al P. Mariano son unánimes en re­conocer lo que dijo lapidariamente la hermana María Paz, su sobrina agus­tina: “Conocer al P. Mariano y no co­nocer el amor de Dios era imposible. Cualquier pretexto era bueno para ha­blar a los demás de Dios, que era el gran motivo y la orientación de su vi­da. Siempre se esmeraba por hacer la voluntad de Dios. Todas sus obras te­nían la clara intención de extender el reino de Cristo.”

Escribir acerca del P. Mariano es recordar al “mensajero de la cari­dad”, que recorría las calles de São Paulo a pie o en su modesto coche azul para visitar las decenas de ca­sas de las Asociaciones y Oficinas de Caridad de Santa Rita de Casia, donde se confeccionaba ropa pa­ra los pobres. Fue director espiri­tual de esta obra de asistencia du­rante casi 31 años. Buscaba los re­cursos con que socorrer a los nece­sitados. En las horas de angustia y dolor consolaba a las viudas e hi­jos de los difuntos. Era el “ángel de los enfermos” y un verdadero padre para todos.

Factor de armonía en la vida

El P. José Luis Martínez convi­vió con nuestro beato durante varios años y recuerda que era “un ejemplo de sacerdote trabajando con los laicos, con las asociadas de las Oficinas de Santa Rita. Su amor a la orden agus­tina se demostraba en su costumbre de vestir siempre el hábito religioso. Cul­tivaba constantemente la oración. Vi­vía en armonía y concordia con los de­más compañeros, hasta en los momen­tos más difíciles. Su presencia era de­seada, porque significaba un elemento de equilibrio y de paz.”

Y añade: “Cuando en 1980 cele­bró la misa de bodas de oro sacerdota­les, dijo: ‘Mis queridos feligreses, quie­ro decir a todos los que están presentes, y a los que no pudieron venir, que si en estos cincuenta años yo ofendí a algu­no, hoy les pido perdón'.”

De carácter recto, irreprochable, conciliador, de vez en cuando alguien lo engañaba, o mejor, él se dejaba en­gañar si aquello servía para que Dios conquistara a los demás. Nunca ha­blaba mal del prójimo ni comentaba defectos ajenos. Se relacionaba tan bien con los pobres como con los ri­cos o las autoridades.

El P. de la Mata poseía un alma expansiva y jovial, así como una sen­cillez contagiosa y acogedora. Nun­ca se jactaba de sus cualidades, ni si­quiera cuando ejerció cargos de im­portancia. Era un profesor muy que­rido por sus alumnos y compañeros, porque sabía hacer un amigo de ca­da persona. Siempre estaba dispues­to a sacrificar sus derechos con tal que no se rompiera la unidad. Muy extrovertido, siempre se mostraba dispuesto a festejar los éxitos de los otros.

Sacerdote ejemplar, protector de la inocencia y educador de deportistas

La inocencia de su alma lo acerca­ba al mundo de los niños, que siem­pre andaban a su alrededor. En sus bolsillos nunca faltaban caramelos que repartía generosamente. Sus conversaciones con los peque­ños eran preciosos diálogos lle­nos de transparente ingenuidad. Sabía atraer su atención, adaptar­se a sus intereses y sumarse a sus festejos, de los que gozaba muy francamente.

BeatoMariano2.jpgEra un apasionado de las plan­tas, en especial de las flores. En el féretro, el rosario que sostenían sus puras manos estaba acompa­ñado por una orquídea de color lila, símbolo de América y más precisamente de Brasil.

También mostraba su interés por los sellos postales, las monedas y las fotografías. Testimonio de ello son sus colecciones de 25 álbumes con te­mas especiales: la Santísima Virgen, el Vaticano, España y Brasil.

Regalaba estampitas de santos y medallas de san Agustín y santa Ri­ta a los obreros de una gran construc­ción cercana a su iglesia. También les llevaba algo de comer y, sobre todo, les comunicaba mucha fe y valor.

Era un sacerdote que cumplía al máximo sus obligaciones religiosas y ministeriales. Madrugaba mucho. Poco después de las seis de la mañana ya se lo veía preparar el altar para las misas. Tenía una devoción ardiente a la Euca­ristía. Cuando alguna persona afligida le pedía oraciones, añadía invariable­mente: “Tenga fe, alcanzará la gracia.”

Cecilia María de Queiroz, secreta­ria de la iglesia de san Agustín, decla­ra: “El P. Mariano hablaba mucho de la devoción al rosario. Lo vi muchas veces caminando de un lado a otro mientras rezaba su breviario o su rosa­rio. Era un sacerdote piadoso. Siempre nos recomendaba orar mucho y siem­pre. Era edificante verlo en el altar o participar en sus celebraciones eucarís­ticas. Ponía las cosas de Dios siempre en primer lugar.”

Cuando iba de vacaciones a Es­paña, nunca dejaba de visitar el san­tuario del Pilar de Zaragoza. La de­voción a María era su ambiente ideal. Cuando pasaba por una capilla o er­mita dedicada a la Madre de Dios, siempre entraba a rezar una Salve o a cantarle un himno apropiado.

Se lo puede considerar un santo protector de los deportistas, no sólo porque organizaba, guiaba y motiva­ba a los jóvenes, sino sobre todo por los sabios consejos que solía darles an­tes de las competencias. Por ejemplo, el 9 de noviembre de 1960 en un pro­grama radial en São João do Rio Pre­to: “Durante el juego hay algo obligato­rio: la caballerosidad. Es preciso apren­der a ganar o perder con hidalguía. Es la lección primordial que obliga a todos sobremanera. Olvidarla siquiera unos momentos constituye una falta que es necesario hacer desaparecer de las com­petencias. Los juegos deportivos, ade­más de endurecer los músculos del cuerpo, fortalecen la voluntad, fomen­tan el compañerismo, reaniman el co­razón en las luchas que se presentan y ofrecen descanso al intelecto que recla­ma algunas horas de solaz.”

En el apartado epistolar, las nume­rosas cartas circulares, oficios, actas o simples misivas reflejan su inmaculada obediencia a los superiores, su caridad fraterna hacia los hermanos de hábito, su amor perfecto a la orden agustina y su ardor infatigable en la conquista de nuevas vocaciones religiosas. Las car­tas dirigidas a los familiares muestran la ternura de su alma, la fortaleza que no teme al sacrificio, bromas de salu­dable humor y mucho amor fraterno.

Edificante muerte

La manifestación de santidad de una persona crece a lo largo de su vi­da y culmina, por así decir, en los mo­mentos finales. El que se había en­tregado con tanta dedicación a los enfermos, fue visitado por la en­fermedad. Una tarde de 1983 el Padre de la Mata se sentó en una escalera del colegio, algo absolu­tamente inusitado en quien con­servaba siempre una postura com­puesta y sin afectaciones.

Al preguntársele por qué estaba sentado ahí, respondió: “Siento como si un gato me arañara el estómago…” Era el cáncer.

Aceptó y soportó la enfermedad con gran resignación. Sufría grandes dolores, pero se olvidaba de sí mis­mo para preocuparse solamente de los demás enfermos del Hospital del Cáncer, en donde estaba internado. A pesar del sufrimiento atroz, mantenía una alegría constante. Sus gestos de amor con los visitantes, con el perso­nal de servicio y con los demás enfer­mos causaban la admiración de todos.

El Jueves Santo recibió la visita de los cofrades de la Orden, de los ami­gos y de Mons. Paulo Evaristo Arns, cardenal-arzobispo de São Paulo. A todos les respondía con fuerzas agota­das pero franca amabilidad. A la her­mana María Paz, su sobrina que aca­baba de llegar de Es­paña, le insistió mu­cho para que fue­ra a visitar la unidad de niños con cáncer. Como era “el día del amor”, pidió que to­dos fueran a celebrar juntos la Eucaristía.

Pasó una noche tranquila. A la ma­ñana siguiente le costaba hablar y por la tarde ya no podía hacerlo más. Perma­neció así durante el Sábado Santo y el Domingo de Pascua. El lunes, hacia las ocho de la mañana, partió a celebrar en el Cielo la Pascua eterna: sin el mí­nimo gesto, simplemente dejó de res­pirar e inclinó suavemente la cabeza hacia el costado derecho…

El P. Mariano falleció el 5 de abril de 1983 a los 78 años de edad.

Sus exequias fueron la manifesta­ción más clara del cariño existente por aquel hombre de Dios. La iglesia esta­ba cubierta de flores. El desfile fren­te al féretro fue impresionante. Una mujer sencilla y decidida cortó un pe­dacito de su hábito para guardarlo co­mo reliquia. “Un hecho sorprendente –cuenta su sobrina– reveló la admira­ción que la gente sentía por el P. Maria­no: en un abrir y cerrar de ojos desapa­recieron de su cuarto todos los objetos personales. La enfermera tuvo tiempo de quedarse con el rosario, porque todo lo demás ya se lo habían llevado.”

La ciudad de São Paulo tiene aho­ra tres beatos y una santa. La beatifi­cación del P. Mariano de la Mata ale­gra a los brasileños, que esperan con­fiados el surgimiento de nuevos bea­tos y beatas en ese país, cuyo cielo marcó la Providencia con la Cruz del Sur…