Vivimos tiempos de esperanza

Publicado 2009/06/01
Autor: Cardenal Antonio Cañizares Llovera

Al comentar la parábola de la viña, el Arzobispo de Toledo muestra el amor infinito e incondicional de Dios por el hombre. Ese amor —afirma el cardenal Cañizares— nos da motivo para superar todos los desánimos, desalientos y desesperanzas.

Vivimos tiempos de esperanza

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Cardenal Antonio Cañizares Llovera
Arzobispo de Toledo y Primado de España

 

Dios, por su Hijo único, Nuestro Señor, ha salido a buscar y llamar trabajadores a la viña de su propiedad a la que ama y cuida con mimo. […] Sabemos que con esta llamada y este envío para la viña amada del Señor recibimos el más grande y alto honor, el gozo más pleno de trabajar para este Dueño, que es el mismo Dios. […]

Dios es generosidad que nos desborda

La parábola de los viñadores nos da una clave que nunca podemos olvidar: todo es gracia. Gracia la llamada, gracia el incorporarnos a las labores y el trabajar en su viña, gracia el que sea a cualquier hora, al comienzo o cuando falta poco para el final, gracia lo que al fin de las labores nos entrega como jornal sea el tiempo que sea y fueren los que fueren los esfuerzos consumidos. [...] Jesús no entiende ni de finanzas ni de economía, no sabe de números, ni de matemáticas fijas, ni de reglas bien fijadas conforme a unas medidas humanas. Porque es Amor: el amor auténtico no mide, no levanta barreras, no calcula, no pone condiciones.

Ante Dios no caben exigencias, no se puede exigir nada, ni valen las medidas humanas que los hombres establecemos. Todo procede de Él. Y todo Él es generosidad que nos desborda. Así nos lo muestra su Hijo único, Jesucristo, en la parábola de hoy, cuyo punto fuerte es la generosidad sin límite de Dios para quienes se han apuntado a última hora. Somos llamados a trabajar para un Padre, como es el Dueño de la viña.

Recibamos el don y la paga que no son otra cosa que Dios mismo y su amor generoso y misericordioso, que el seguir su llamada, o que el aceptar su envío a evangelizar y servir a la Iglesia. […]

Un problema de toda la Iglesia

Tenedlo muy presente, queridos todos, parte de las perplejidades actuales, o del sentimiento de frustración pastoral en la Iglesia, es consecuencia de una cierta pérdida del sentido de la gracia, favorecida por tendencias muy profundas de la cultura actual. Es un problema de toda la Iglesia. Mucha de nuestra predicación y de nuestro trabajo pastoral sigue teniendo como punto de arranque nuestros cálculos, nuestras exigencias, nuestros planes, nuestros proyectos, nuestros criterios, en definitiva, nuestra acción y nuestros compromisos.

Pero no dejamos a Dios ser Dios.

No entendemos que los planes de Dios no son nuestros planes, ni que nuestros caminos no son sus caminos, son más altos que los nuestros pues son los de la Encarnación y la Cruz, el perdón y la gracia, la misericordia y la generosidad que nunca se acaban.

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El Cardenal Antonio Cañizares Llovera durante los trabajos del último Sínodo de los Obispos.

Situemos la oración en el centro de nuestras vidas

Para secundar estos planes de Dios, queridos hermanos, todos habremos de trabajar con una confianza plena, cada día mayor, por situar la oración en el centro de nuestras vidas y de las personas a las que sirvamos.

Esto, como dijo el Papa Juan Pablo II en su Carta apostólica Novo Millennio Ineunte : “significa respetar un principio esencial de la visión cristiana de la vida: la primacía de la gracia [...] no se ha de olvidar que, sin Cristo, ‘no podemos hacer nada' (Jn 15, 5). La oración nos hace vivir precisamente en esta verdad.

Nos recuerda constantemente la primacía de Cristo y, en relación con Él, la primacía de la vida interior y de la santidad [...] Este es el momento de la fe, de la oración, del diálogo con Dios, para abrir el corazón a la acción de la gracia y permitir a la palabra de Dios que pase por nosotros con toda su fuerza: ¡Duc in altum!”

Así pues, como os he dicho tantas veces: oremos, no dejemos la oración, nunca, jamás; la oración personal y comunitaria; no dejemos de escuchar a Dios y contemplar su rostro en el coloquio familiar de la oración: es lo que garantizará vida en nosotros y labor fructífera en la viña del Señor.

Amaremos y serviremos mucho a los hermanos, si oramos por el pueblo de Dios. La oración, en la que importa más la gracia y la acción de Dios que nuestras palabras y nuestros planes, nos llevará a que podamos decir con mayor verdad cada día, al igual que San Pablo: “para mí la vida es Cristo; no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mí; todo lo estimo basura y pérdida con tal de ganar a Cristo”.

Sólo así, seducidos por Cristo, estaremos con Él y sólo así, en consecuencia, estaremos en condiciones de trabajar en la viña del Señor, como Él nos llama y quiere: es decir, quedándose y estando entre los hombres para servirlos, para dar nuestra vida por ellos, para entregarnos sin reservas ni cálculos en favor de ellos, trasparentando y llevándoles el amor de Jesucristo. […]

Vivimos tiempos de esperanza

Esto nos abre a la esperanza verdadera. Ciertamente, tener esperanza, vivir con esperanza no es ignorar o negar lo que sucede, ni las dificultades graves, sin salida aparentemente, con que nos encontramos. Cuanto mayores sean las dificultades, mayor es la esperanza en el futuro, porque no son nuestras solas fuerzas las que nos pueden sacar de la situación complicada, más bien todo lo contrario; sino porque es Dios mismo, para quien nada hay imposible, quien puede llevarnos a un futuro nuevo cargado de su presencia, que es su amor por el hombre y su vida para la vida del mundo. […]

Dios no deja al hombre en la estacada, en el vacío, en el hastío, en la inutilidad de la vida sin incorporarse a su designio de amor y gracia.

Jesucristo, el Hijo de Dios vivo, que ha amado a la Iglesia hasta el extremo y se ha entregado por ella, no la deja en la estacada y que perezca en medio de la tempestad y de la oscuridad.

Por eso, aunque parezca que todo apunta a lo contrario, vivimos tiempos de esperanza, es la hora de Dios, y, por ello, la hora verdadera del hombre. En el Señor, Jesucristo, tenemos todos los motivos para superar desánimos, desalientos y desesperanzas; en Él, presente entre nosotros y que está junto al Padre con nuestra humanidad ya victoriosa, podemos esperar contra toda esperanza, porque Él, Hijo de Dios vivo venido en carne a nosotros, se ha hecho uno de los nuestros, nuestra humanidad es la suya, humanidad del mismo Dios, que ya ha penetrado y vive en el reino de los cielos con Dios irrevocablemente. Esta es la gran y siempre nueva noticia que alienta a la esperanza. En el Señor Jesucristo que vino a nosotros y se ha quedado con nosotros en el sacramento del altar, Dios se ha manifestado, se ha hecho visible, tangible.

Y se ha manifestado como Amor infinito e incondicional por el hombre y por la vida del hombre. ¡No cabe el miedo ni el desaliento, hermanos!

 

(Trechos de la homilía de 21/9/2008, en la S. I. Catedral Primada, Toledo)